El caos y la indisciplina se adueñaron del fútbol de Francia.
La prensa mundial, ávida de espectáculos afines al circo, ha encontrado en el seleccionado galo un material apetecible para llenar y llenar páginas y horas enteras en los medios electromagnéticos y digitales.
Está bajo sospecha absoluta el comportamiento de la gran estrella Zinedine Zidane, acusado por todos de ser el instigador de la revuelta interna. Su declaración de que Doménech no era un técnico de fútbol, sino un simple seleccionador, encendió la mecha de la discordia y llenó de fuego incendiario a los protagonistas, pues si ‘Mon Dieu’ Zidane lo decía, razón habría de tener.
La sospecha alcanza a los dirigentes que olvidaron su rol, y un mes antes de iniciar el torneo ya habían dado pistas sobre el futuro de la selección al contratar a Laurent Blanc como nuevo técnico. Si Doménech no contaba con el aval federativo, nunca debió llegar al Mundial como el conductor.
Por supuesto, la sospecha alcanza a Doménech, incapaz como técnico, de escasa credibilidad ante sus dirigidos y perdedor desde el fracaso de la nacional gala en la Eurocopa, donde también fueron un equipo anárquico. Un técnico que hace su selección al amparo del signo zodiacal y cuyo consejero mayor es el tarot no tiene pasado, presente ni futuro en el fútbol.
Y está bien claro que la sospecha y la condena alcanzan para todas esas estrellitas de egos inflamados que olvidaron su papel y prefirieron deglutirse a un técnico al cual no querían y respetaban, aunque de por medio quedara el respeto a “ les enfants de la patrie”. Sus problemas interpersonales, las desavenencias internas entre sus futbolistas más connotados, los atletas presionando por cambios de módulos y jugadores hacen parte de una vergonzosa conjura y son un mal ejemplo para cualquier colectivo.
Aunque, viéndolo bien, un equipo que entró al Mundial gracias a la trampa, merced a una mano voluntaria y pérfida de su máxima estrella, Thierry Henry, sólo podía tener un futuro tan negro en la competición como el que encontró Francia. El dios del fútbol no castiga ni con palo ni con rejo a los ventajosos, simplemente les enciende la llama del egocentrismo y la indisciplina.
Francia es un polvorín: madrazo va, madrazo viene, insulto llega, insulto sale, al mejor estilo latino o africano. El desagradable recuerdo de la expulsión de Asprilla en Francia 98 es apenas un limitado preliminar a lo que fue la segunda revolución francesa, con toma de la Bastilla incorporada y con Robespierres y Rousseaus en acción.
Al final de cuentas, como corolario de esta sucia película, como dice Ribéry, el amigo de las prostitutas y uno de los peores ejemplos de comportamiento deportivo, los franceses son hoy: “el hazmerreír del mundo”.