Vaya noticia, vaya sorpresa, vaya resultado.
Holanda mandó a casita a Dunga y su corte, que parecía no tener pierde en este Mundial y que había lucido tan higiénico, tan puestecito en la cancha, sin errores defensivos y siempre listo para devorarte en cualquier salida con pelota dominada desde el fondo.
Parece que Pelé, Cruyff y Tostao tenían razón cuando dijeron que a esta selección canarinha no la veían para campeona. Y aunque sus razonamientos estaban más encaminados al tema de la estética y al mentado jogo bonito, en la práctica la oficina burocrática de Brasil terminó por desinflarse en el segundo tiempo ante una selección holandesa que sufrió mucho al principio y terminó paseando a Dunga y su tropa.
Si bien es cierto que Brasil no llenaba la retina, que su juego era de trámite y sin brillo, se le veía muy sólido, muy amo y señor de las circunstancias y del papel de gran favorito. Brasil gana cuando le da la gana, expresaban algunos periodistas, pero en el fútbol esa verdad no se da siempre y a veces cuando se intenta no se puede, las piernas no responden, del cerebro no fluye talento y el juego se torna desangelado, sin sorpresa y repetitivo, como fue la canarinha en el complemento ante Holanda.
Pero también hay que darle sus méritos al seleccionado naranja, que aguantó estoicamente el arranque brasileño, que se comió un gol por un grueso error defensivo de los centrales y que pudo ser arrasado por el fluido tráfico auriverde con el balón en los primeros 15 minutos, cuando Robinho parecía amo y señor del partido.
En Brasil se podían equivocar todos menos Julio César, Lucio y Juan, y este viernes los tres fueron cómplices de la debacle. Son humanos, de carnitas y huesitos, diría Uribe, y estuvieron seriamente comprometidos en los goles.
Fallaron los que el propio Dunga pensó que nunca le fallarían, se le desplomó la columna vertebral y el equipo brasileño, armado bajo molde eminentemente defensivo y táctico, trabajado bajo parámetros de aguantar el cero, no pudo remontar y terminó perdido en la cancha y perdedor en el marcador.
Brasil se marcha para la casa sin gloria y con mucha pena. El ‘malquerido’ Dunga, que cazó peleas por doquier, tendrá que poner su pellejo en remojo, porque de ahora en adelante palo limpio es lo que le vendrá, por todos los flancos y de todos lados. El técnico se quedará con amargas sensaciones, como saber que jugó el Mundial sin Kaká, ausente del juego, tal como estuvo durante el año en el Madrid.
El debate en Brasil apenas empieza. Por ahora, llora Brasil… llora.