Una coincidencia, vaya y venga, dos coincidencias ya hacen pensar, pero cuando ha pasado lo mismo cuatro de cinco veces en los últimos Mundiales tienen que existir causales mucho más profundas que la simple enumeración de una casualidad.
Francia campeón en el 98, Italia en el 2006, España en el 2010 y Alemania en el 2014, vigentes campeones mundiales, han sido eliminados en la ronda de grupos cuatro años después de obtener el título. El único que se salvó de este inri fue Brasil, titular del 2002.
La salida por la puerta de atrás de la Mannschaft fue el primer batacazo del Mundial, cumpliendo con la maldición de los campeones. Pero todo tiene una explicación. Esta generación nació, creció, envejeció y murió.
Cuando España eliminó en Durban (Sudáfrica) a la juvenil Alemania de Löw, las miradas quedaron para el cuadro teutón, que había comenzado a abrevar en las fuentes de Pep Guardiola con el Barça y el Bayern. Ese equipo juvenil, fresco, dinámico, ya tenía a Hummels, Kroos, Khedira, Müller, Neuer y Lahm, y se consagraría cuatro años después en Brasil. Había germinado el proceso, el respeto por el balón, el fútbol ofensivo, la suficiencia física del jugador alemán había encontrado eco en la técnica individual para mostrar superioridad. En el Maracaná, el ciclo alemán había llegado a la cúspide, y prolongarlo fue un error.
Löw vio venir el fracaso y preparó una hornada de jugadores que lanzó en la Copa Confederaciones. Eran los eventuales reemplazos de las figuras que habían envejecido y carecían del fuego sagrado de la competición. Ya desde los amistosos, la selección alemana había emitido malas señales con su derrota ante Austria y Brasil.
Por eso no fue una sorpresa su eliminación. Final de ciclo, alimentado con pésimas decisiones en la conducción, problemas internos de bandos en la concentración, mala energía del hincha germano por la convocatoria en la que se dejó por fuera a Leroy Sané, el jugador más habilidoso y revolucionario del equipo, probado en el Manchester City.
Alemania murió con sus veteranos, víctima de pasmosa lentitud en el mediocampo, donde Kroos y Khedira arrastraron los pies y fueron un auténtico desastre retrocediendo. Su talento se perdió, pues Ozil confirmó que era más pasado que presente. Y arriba, Timo Werner estaba a años luz del portentoso Klose, para quien no hubo balas de recambio.
Löw murió igual que todos los técnicos de las selecciones que salieron por la puerta de atrás siendo campeonas del mundo. Confió en su guardia pretoriana, se aferró a sentimientos de amistad y no vio que los hilos de la cometa no daban más.
Ahora, a moldear una nueva camada, que material tienen en cantidad. Murió el rey, que viva el rey.