Cuando Colombia no asistía a los mundiales o cuando lo eliminaban prematuramente, el público tenía por costumbre volverse hincha de la selección brasileña. Gustaban al paladar futbolístico las condiciones del jugador auriverde, su toque, su fantasía, su amor por la pelota.
Pueden estar seguros de que esta vez no habrá colombianos ‘torciendo’ por Brasil, porque esta selección de armatostes, pataduras y pegapatadas no inspira un solo sentimiento positivo. Brasil ha renegado de su esencia, se situó en las antípodas del gusto futbolístico colombiano con su fútbol de fuerza y porque Brasil inspira hoy por hoy la imagen del matón que gana a las buenas o a las malas, por lo civil o por lo militar, como sea pero tiene que ganar.
La prensa brasileña, entregada a los caprichos de Scolari, terminó convertida en cómplice de un fútbol que la mayoría de ‘o povo’ reniega y de unos métodos que tienen características dictatoriales e imperiales. Son mínimas las expresiones de discordancia, están alineados con el poder fáctico, lo único importante es ganar en la casa a como dé lugar este mundial que les costó tanto dinero.
La nueva víctima de la persecución oficial es Zúñiga. Contra él se montó una campaña de matoneo en los medios que suena a vulgar gavilla. Enemigo público, personaje digno de ser buscado por la Interpol, de asesino no le bajan. Zúñiga lesionó a Neymar y lo sacó del Mundial, con lo que las posibilidades brasileñas han disminuido tremendamente. Si eran un equipo vulgar, pegapatadas y sin fútbol, ahora sin su jugador fetiche tienen más chance de quedar en el camino ante Alemania que de llegar a una final.
No voy a defender a Zúñiga, porque creo que pegó muchas veces y que merecía la roja, por la entrada a Neymar y otras que hizo, pero si se llegó a esta situación fue en defensa propia y el único culpable de la lesión de Neymar es el mequetrefe españolete vestido de verde que puso la Fifa para ayudarle a Brasil y que permitió a los burdos jugadores de la ‘Canarinha’ moler a palos a los jugadores colombianos. Lo que hicieron Fernandinho y Paulinho, dos toscos, torpes, pataduras que cosieron a golpes a James y a Cuadrado, iniciando al minuto de juego la refriega y la batalla, no se puede olvidar. Y todo fue con la complicidad del central.
A los arrodillados y vergonzantes medios brasileños hay que recordarles la sentencia bíblica: “El que a hierro mata, a hierro muere”.