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Mitos y tumbas

18 de julio de 2015 - 09:00 p. m.

Tenía pensado reforzar la columna del martes pasado sobre el folclórico campeonato colombiano, por lo menos lo que pasó en la primera fecha, pero el tema se volvió de consumo popular y es poco lo que se puede agregar.

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Equipos sin estadios, estadios sin canchas, jugadores sancionados, vulgar compraventa de localías autorizadas por Dimayor, que viola sus propios estatutos por la presión de sujetos indeseables. Todo pasa, decía el anillo de Vito Grondona, el máximo capo del fútbol suramericano en toda su historia. Sí, señores, ¡todo pasa!

Pero no, es preferible hablar de ídolos y tumbas. De la muerte de Ghiggia, gran leyenda, que marcó el segundo gol del Maracanazo, dándole a la Celeste el título mundial del 50. Era un tipo simpático, de hablar cansino, con magnífica memoria, que aparecía por los pasillos del Centenario en aquellos partidos de eliminatorias y Copas Libertadores.

Los uruguayos tienen una gran virtud en su querencia de los grandes mitos, no los olvidan. El tiempo pasa, la idolatría se conserva y con los años se magnifican esas imágenes. El reportaje del expresidente Mujica hablando sobre el ídolo fallecido es brillante, y en el libro de Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra, también quedaron pinceladas del respeto que sentían y sienten los charrúas por su último mohicano.

Mientras algunos glorifican sus leyendas, otros las maltratan. A Florentino, el faraónico presidente del Real, que en su megalomanía ha terminado por creerse dueño de la historia del elenco, le molestaba Íker Casillas, uno de los testigos de los grandes logros de la Casa Blanca. Y Florentino lo empujó de forma silenciosa pero taimada hasta la punta del barranco. A Íker se lo trató como un cualquiera, olvidando las tres Champions, las ligas, las copas de todo nivel, incluidos Mundial y Eurocopas. Florentino terminó por sacarlo por la puerta de atrás, así como un día maltrató a Raúl. Su ego le impide reconocer mitos superiores. Se siente el Faraón que contempla el mundo debajo de su retorcida cabeza.

En cambio, Liverpool con Steven Gerrard, Bayern con Claudio Pizarro y Barcelona con Xavi dieron un ejemplo de lo que son los mitos vivientes y el trato preferencial que la historia les otorga. Los tres salieron como tiene que ser, homenajeados, congratulados. Como la historia y el presente lo exigen y ellos lo merecen.
Algo es seguro: un mito de la cancha perdura más que un ególatra, altivo y prepotente dirigente. Ellos, la dirigencia, todavía no han entendido que pueden llegar a ser el estiércol del fútbol.

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