Llegar a la final con la nómina que tiene el Nacional, la mejor y más numerosa del país, parece algo normal, casi que obligatorio. Conseguirlo de la forma angustiosa como lo hicieron Osorio y sus jugadores en la presente temporada tiene dos formas de enfocarlo.
De un lado, muestra un equipo con jerarquía para obtener los resultados en el momento clave, cuando se necesitan, y ese detalle merece un aplauso. La otra versión es diferente: no se puede padecer tanto, sufrir de esa manera, con esa plantilla.
Lo cierto es que Nacional, cuando ya olía a gladiolo y no se le daban posibilidades de aterrizar en la final, consiguió los triunfos justos, con el mínimo de fútbol, sin mostrar un gran equipo y atenido a mucha suerte. Pero allí está y llega a la gran final, al 50% de posibilidades.
Jerarquía es eso, lo que tuvo Nacional, lo que les faltó a Cali y Tolima, que se desplomaron en sus estadios en el momento clave de la temporada.
A Juan Carlos Osorio el periodismo y la afición parecen enfocarlo sólo de dos maneras: lo quieren o lo aborrecen. Es blanco o es negro. Lamentablemente son pocos los que eligen el gris para medir su trabajo y en él hay cosas buenas, destacables y copiables, y muchos detalles que no gustan y que algunos desearían que no se presentaran, pero algo tiene Osorio y es que resulta fiel a sí mismo, es auténtico en su trabajo y en su manera de ver el fútbol.
Osorio no es de esos técnicos manipulables por la tribuna o los medios. Hace lo que él cree que debe hacer, se juega la suya, buena o mala, y así como gana en muchos de sus envites personales, también pierde, como es normal. Ser leal consigo mismo es una virtud, nunca puede ser tenido como un defecto, y de los que andan por la vida dándole gusto a todo el mundo por el “qué dirán”, líbranos, Señor.
A Osorio le critican, y comparto la sentencia, que su equipo no tiene una identidad, un estilo. Con esa nómina, Nacional tendría que ser dominante, imperial, poniendo condiciones siempre en cualquier estadio. Osorio lo ha vuelto tacaño y amarrete, avaro y pusilánime, regalando la pelota y el campo, como le pasó con Pasto el domingo.
Con Nacional da la sensación de que le queda mucho por dar, que no utiliza nunca el tanque del motor, que podría ser mucho mejor de lo que realmente es. Lo sabe la tribuna verde y por eso el fútbol de Osorio no gusta, no llena y no convence, por eso sólo lleva 20.000 cuando está definiendo su presencia en finales. Y eso es lo que tiene a los dirigentes pensando en la continuidad de Osorio.