La fiesta está cada día más lejana a la cancha. Los papelitos, los cánticos, las banderas, la pasión del hincha sigue vigente pero en el terreno el espectáculo continúa ausente. Son contaditos con los dedos de la mano los partidos buenos que se observan en la Copa Mustang.
En Tercer Tiempo, de Caracol, se hizo el ejercicio este fin de semana. Los corresponsales tenían que calificar con una nota de 1 a 10 el valor del partido. Y el resultado fue este: tan sólo dos juegos, Júnior-Envigado y el Tolima-Huila recibieron 7 puntos. Como dato anecdótico, vale la pena anotar que esos dos ganadores, el Júnior y el Tolima, son los líderes de la Copa Mustang y oficiaban de locales. Dos partidos recibieron 6 puntos: Boyacá-Quindío, básicamente, como dijo el corresponsal, por el segundo tiempo del cuadro de Tunja, y el América-Cali por la alta producción ofensiva del equipo de Umaña. Los demás partidos fueron reprobados con 5 y 4.
Hernán Darío Gómez aceptaba antes del clásico que se hacía difícil jugar en Colombia pues “se traba mucho el partido, no se dan libertades creativas y no hay muchos talentos”. Y así, por ejemplo, fue el derby capitalino, peleado pero mal jugado, bueno para los “tacticistas” pero perverso para el espectáculo.
La táctica es importante en el fútbol, pero también hay que sumarle juego creativo y emociones. Y en Colombia, en general, a los locales les cuesta desenredar los tremendos ovillos que forman los visitantes empecinados en mantener el cero en su arco.
Claro, la mediocre calidad del fútbol doméstico es directamente proporcional a la cantidad de gente en los estadios. Una vez más Santa Fe debe servir como ejemplo: el equipo marcha ahí, pegado en la punta, igual que en el torneo anterior, pero no genera emociones, no cautiva, no lleva gente a la tribuna, son los mismos 5 mil de hace mucho tiempo. Nacional, el equipo que mueve duro el torniquete, ahora se contenta con los 15 mil aficionados. El clásico paisa llevó apenas 23 mil y el intenso, aburrido y repetido clásico del Valle llevó 5 mil. Cifras indicativas de que algo pasa, algo está sucediendo.
Entre los delincuentes de las barras bravas, los técnicos ultra defensivos y temerosos, la impotencia de los ricos para generar espectáculo, los pésimos arbitrajes y el fútbol lleno de fricciones, sin identidad, donde correr y correr ha reemplazado a tocar y pensar, el fútbol vive un momento dramático. Y tenebroso afuera, en las tribunas.
P.D. Y ahora qué tendrán que decir el alcalde Moreno y el curita Alirio, patrocinadores de la violencia de la barra brava azul, sobre lo que pasó en El Campín. Hasta dónde su marcada preferencia hacia un equipo llevó a los delincuentes de la otra institución a acabar en forma demencial con una tribuna. Seguirán los pañitos de agua tibia. También le quedó grande a Samuel este tema. Alcalde, siga haciendo demagogia barata y no se ponga serio que ya la popularidad de su gestión va en el 45%.