La primera sorpresa es el mal estado de las canchas y de los estadios en los que se está jugando.
Sí, se están refaccionando los principales escenarios del país y ello implica una buena dosis de paciencia y buena voluntad para llevar el espectáculo del fútbol profesional a diferentes plazas y canchas donde habitualmente no se juegan partidos de envergadura. Pero al menos debería tenerse un control selectivo por parte de la Dimayor para que esas alternativas estén en condiciones aceptables y dignas. Porterías con mallas rotas, mal demarcadas, estadios llenos de promontorios, pelados, vestuarios sin agua y otras cositas indignas de un torneo de primera división.
Lo mínimo es un una veeduría de la Dimayor para vigilar dónde se va a jugar. No pueden llegar los árbitros a los estadios y encontrarse con desagradables sorpresas y que ya por la premura no puedan hacer nada. No es mucho pedir, don Ramón.
La segunda sorpresa es la lentitud. Los técnicos son expertos en copiar, pero copian mal. Cuando ganó el Inter de Mourinho, algunos entendieron que el camino era defenderse con nueve e intentar un contraataque porque eso era lo que daba títulos. Entonces, todos atrás, sin transiciones de salida, sin desdoblamientos, interpretando el libreto bajo un solo parámetro, el defensivo. Resultado: un bodrio.
Ahora que ganó España, los técnicos sacan la agenda y acopian la posesión de la pelota. Pero esa posesión no la acompañan de movimientos ofensivos, no la hacen en campo adversario para agregarle la posición de ataque, se quedan en el toque lateral, intrascendente, cerca de su propio arco, una amasada de la pelota y nada de cambios de frente, cambios de ritmo. Puro futbolito, como el de antes, como el que algunos siguen llamando la identidad. Resultado: fútbol lento, predecible, lateral, pesado, otro bodrio.
Tercera sorpresa, que de tanto repetirse siempre en los primeros partidos de cada campeonato ya no es sorpresa. La prensa bogotana agota epítetos y adjetivos, ya sus equipos, el rojo y el azul, ganaron el torneo, ya se revitalizaron, ya olvidaron sus años de penuria, son campeones. El comienzo es aceptable, todavía están lejos los dos, Santa Fe y Millonarios, de ser buenos equipos, apenas están en proyecto y por eso, cargarlos de ditirambos conduce siempre a la archiconocida frustración de finales de torneo. Ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre, el camino se va construyendo con el paso de los compromisos y por eso suena a falsa y hueca la proliferación de adjetivos y creación de expectativas. No es a punta de titulares, columnas, editoriales, horas y horas de labia, como se hacen los campeones.
Pregúntenles a Otero y Páez, dos tipos sensatos y con los pies en la tierra, y les dirán que todavía queda demasiado camino por recorrer.