Cien años de competición, cien años de vivencias y experiencias, y todavía se siguen produciendo verdaderos esperpentos como el calendario de la Copa América Centenario.
En la primera fecha de la primera ronda se jugaron todos los partidos clásicos de los grupos y prácticamente se definieron los cuartofinalistas. Colombia-Estados Unidos, Brasil-Ecuador, Argentina-Chile y México-Uruguay. Esos eran los encuentros claves, y con un poco de interés de los organizadores locales en el manejo del calendario de competición se hubieran podido acomodar para que se jugasen en la tercera fecha de la primera ronda. Para que fuesen finales de grupo, para que concitaran la atención, porque, no hay que engañarse, esta Copa América centró en un profundo letargo con juegos como Brasil-Haití, México-Jamaica, Colombia-Costa Rica o Argentina-Bolivia.
Sí, no todos los partidos son clásicos, pero es mejor no separar desde el principio el ripio y acomodar los calendarios para que el ritmo de la competencia no se desajuste.
Tiene razón el maestro Tabárez cuando anota que no es correcto poner a viajar por todo el país a los equipos participantes de la Copa América. Las distancias para algunos equipos son terribles. Hasta 11.000 kilómetros recorren algunos equipos en la fase inicial, como Brasil, Uruguay y Argentina.
Olvidan los señores de saco y corbata, dirigentes que les llaman y que jamás han entrado a una cancha de juego con 34 grados de temperatura, que los jugadores de fútbol son humanos, que vienen de extenuantes campañas con más de 50 partidos entre pecho y espalda, y que esas máquinas se resienten y sufren. Es inhumano, antitécnico y despiadado. Es tan sólo un gran negocio de unos cuantos que se lucran de la pasión, del amor por el juego del planeta, y explotan a los jugadores de forma inmisericorde.
Estos jugadores llevan tres años consecutivos actuando para sus selecciones nacionales: Mundial, Copa América de Chile y ahora Copa América Centenario. A los futbolistas, la materia prima del juego, los que hacen posible el negocio, se les están violentando sus derechos.
Para resumir, los dirigentes son como los delfines de Miami: les echan toneladas de pescado y jamás se llenan. A estos tipos sólo les importa el negocio, los contraticos, las comisiones de los derechos.
Los estadounidenses, que la vieron pasar por encima en los últimos años, aprendieron la lección y ahora hacen parte del carrusel del billete.