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Bicentenario

06 de febrero de 2019 - 02:45 p. m.

Cuando la nación se preparaba para celebrar el Bicentenario de la Independencia en el año 2010, algunos sectores pensaron que, si bien 1810 era un año que debía recordarse como un hito importante en la construcción de la memoria republicana de la nación, los esfuerzos debían concentrarse en la conmemoración de la Batalla de Boyacá de 1819. El verdadero Bicentenario era en el 2019, no el 2010, parecían anunciar.

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Para entonces, la figura de Álvaro Uribe seducía más gente que ahora, el país estaba menos polarizado y era claro que, en su visón de nación y en el uso público que se hacía de la historia para los intereses políticos, 2019 era el año emblemático. Temprano, en el 2005, justo durante la preparación para su segundo mandato y en medio de los debates que cuestionaban sus intenciones de reelección, se elaboró el documento “Visión Colombia Segundo Centenario: 2019”. Este plan de manejo de Estado tenía como referente cronológico y como eje filosófico y articulador eso que se pregona en la quinta estrofa del himno nacional: “De Boyacá en los campos”. Que en este documento se privilegiara el 2019 y no el 2010 –año en que acabaría su segundo mandato– fue considerado por muchos como una forma de enfatizar en la memoria de la confrontación bélica y no en la construcción –más allá de la guerra– de una tradición política republicana.

El hecho es que hubo varios programas conmemorativos en 2010, y Colombia se sumó a la ola bicentenaria latinoamericana junto a México y Argentina. El bicentenario de ahora parece estar solo, ya está aquí, pero sin duda ha tenido mucho menos propaganda que el anterior. La historia no es sólo lo que ocurrió sino también cómo se cuenta y a qué se acude para contar lo que sucedió. Hay un fascinante ensayo, del historiador catalán Joseph Fontana –recientemente fallecido–, titulado Enseñar historia con una guerra civil de por medio, que ilustra muy bien eso. Fontana estudia las diferencias en la manera de contar el pasado de España a partir de dos manuales escolares de historia publicados con apenas seis años de diferencia, pero escritos uno desde la visión de un simpatizante republicano y el otro desde el franquismo.

Dos o tres años atrás, en medio de los diálogos de paz con las Farc, cuando oficialmente se pensaba en el Bicentenario, quizá se analizaba la idea de que la conmemoración contribuyera a destacar la historia de los mecanismos de diálogo en medio de la guerra, la firma de acuerdos de armisticio y regularización de la misma, las prácticas de civilidad, la solidaridad a pesar del -o por el- conflicto, la identidad que se construía a través de una guerra cuya condición más cierta era que grupos de personas en condición de ejércitos se movieran por el territorio…

“Necesitamos de la historia, pero de otra manera de como la necesita el ocioso exquisito en los jardines del saber”, dijo Nietzsche. Qué conmemorar, qué celebrar, qué historias contar, qué memorias recordar en medio de un país cuyo posconflicto es lo más parecido a un escenario de guerra en todos los sentidos. El Bicentenario tempranamente cacareado llegó sin un plan claro, superado por la borrasca política de los últimos tiempos. Algún resultado deberá arrojar en medio del asesinato de líderes sociales, con una Comisión de la Verdad que para algunos resulta una institución incómoda por decir lo menos, con un gobierno que se relame por reducir los alcances de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), y que azuza una invasión a Venezuela, el vecino, sin cuya mención no se puede hablar de la independencia nuestra y con el que conformamos una nación en tiempos en que quizá los sueños eran menos mezquinos.

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