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El Dios del fiscal

29 de noviembre de 2018 - 04:00 p. m.

Como el fiscal no es ateo y cree profundamente en el Dios de la tradición católica, a veces ese mismo Dios premia su clara devoción y le hace llegar pruebas para su defensa. Eso dijo en su intervención durante el debate al que fue citado en el Congreso de la República, cuando habló y mostró la transcripción de unos audios grabados este mismo año, en los que supuestamente Jorge Enrique Pizano le confiesa no saber de delitos cometidos en el caso de Odebrecht. Si él no sabía de delitos, “cómo debía saber yo de delitos”, dijo el fiscal.

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El problema es que nada de esto es parte del azar, tampoco esas pruebas llegan a las manos del fiscal —como él lo quiere hacer creer— gracias a la Divina Providencia. Estas serían las mismas evidencias a las que tiene acceso un fiscal que, en un caso inédito, tiene el privilegio de seguir ocupando el cargo principal de la entidad que investiga. Dicho de otra forma, Dios es el mismo fiscal. Y es inevitable, dados los antecedentes, no imaginárselo manipulando y entrando a saco a las pruebas recabadas por sus subalternos para extraer de allí las que se acomoden a sus intereses. Quizá por eso llegó tarde al Congreso, cuando ya habían transcurrido tres horas de debate.

A uno hasta se le antoja compararlo con los dioses griegos y romanos, que egoístamente aprovechaban sus poderes para arrebatarles doncellas a los mortales, transformar la naturaleza en beneficio propio y condenar a los que se les antojaba a tortuosas penas, producto de los celos, el rencor, el ego y la envidia. Pero no. Eso sería ponerlo en un plano simbólico extremadamente alto y tal vez hasta una forma de sublimar algo tan pedestre, mundano y lastimosamente tan tradicional en este remedo de nación que tenemos. No, el fiscal es colombiano, demasiado colombiano.

Quizá para ponerlo en un justo nivel lo compararía con Don Amacise, un personaje creado por el caricaturista Adolfo Samper —padre de la historieta en Colombia—, que comenzó aparecer en la revista Sábado a mediados de los años 40 del siglo XX. Amacise se movía en el cotarro político nacional y era más “cachaco” que el cerro de Monserrate y el ajiaco juntos, pero sobre todo era cínico, lagarto, trepador, vividor, taimado, arribista y voluble. No está de más decir que el personaje tiene un asombroso parecido físico con el fiscal.

Se ha vuelto muy común en Colombia que los funcionarios acusados se defiendan diciendo que todo se trata de una persecución política: “Aquí están persiguiendo al fiscal ideológicamente desde un sector de la frontera del pensamiento colombiano”, dijo. ¿Desde la “frontera del pensamiento”? ¿Qué quiere decir eso? ¿Qué el centro del pensamiento en Colombia lo ocupa el delito? Además de refugiarse en su devoción, Néstor Humberto Martínez habló de que no se dejaría “constreñir por ningún corrupto”; habló de su “integridad moral”, de su “voz prístina, clara”; habló de honra, de honor mancillado y de más etcéteras de rigor, para rematar diciendo: “Colombianos, aquí esta su fiscal dando la cara”. Entonces me acordé que en algunas zonas del Caribe colombiano a las personas cínicas y descaradas se las define con una frase: “Tiene más cara que espalda”.

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