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El partido de la muerte

07 de marzo de 2015 - 09:00 p. m.

El 3 de junio de 2012 el país amaneció con la expectativa del partido de fútbol que jugarían en Lima los seleccionados de Colombia y Perú. Esa mañana, el médico Andrés Eduardo Carvajal, embriagado de patriotismo futbolero, llegó a su lugar de trabajo en la Clínica Shaio de Bogotá con la camiseta de la Selección Colombia debajo de su bata de faena.

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En esos días, sin embargo, una familia no tenía ni tiempo ni ánimos para pensar en fútbol. Dos días atrás, el matrimonio Linero Goubert había llevado a Alejandra, una niña de 11 años, la menor de sus dos hijos, a la Clínica Shaio con un fuerte dolor estomacal acompañado de sed excesiva. José Miguel Espinosa, el médico de turno, hizo una revisión apresurada y diagnosticó que la niña tenía gastroenteritis. Nada que no se pudiera curar con dosis de ranitidina, acetaminofén y suero oral.

A pesar del consumo de los medicamentos recetados, Alejandra no mejoraba. La mañana del 3 de junio la llevaron nuevamente a la clínica, sólo para encontrarse con un médico que, enfundado en una camiseta amarilla, pensaba más en un partido de fútbol que en la salud de sus pacientes. Carvajal calificó de exageradas las intenciones de los padres para que a la niña la atendiera un pediatra, leyó la historia clínica que había elaborado Espinosa, estuvo de acuerdo con el diagnóstico de su colega, y simplemente cambió la formulación de ranitidina por omeprazol y la mandó de vuelta a su casa.

En casa Alejandra empeoró y por la tarde sus padres volvieron con ella a la clínica. Cuando por fin un médico se acogió a los procedimientos de rigor y realizó un nuevo diagnóstico, era demasiado tarde. A Alejandra se le había disparado el azúcar a niveles exagerados, padecía una diabetes severa que le provocó daño cerebral, y al tercer día murió.

A pesar de un sistema de salud infame que convirtió a los médicos en cuidadores del bolsillo de los empresarios por encima de su vocación de guardianes de la salud, la gente todavía se aferra a ellos con esperanza. Para los usuarios comunes y corrientes la palabra del médico es sagrada y diariamente llevan a sus enfermos a los hospitales y centros de salud con la confianza del feligrés.

Por todo esto, indigna la actuación de un par de doctores que improvisaron con la vida de un ser humano. Representa, además, una ofensa a todos los médicos que a diario hacen su trabajo con dedicación, a pesar de un modelo que los obliga a atender los pacientes a destajo, para lograr un salario decente. Todavía, por fortuna, cuelgan en algunos consultorios y hospitales el famoso cuadro del pintor austríaco Ivo Saliger, en el que un médico lucha con ímpetu contra la muerte, que amenaza con arrebatarle de sus brazos a una joven enferma. Aquella semana de junio de 2012, José Miguel Espinosa y Andrés Eduardo Carvajal, en vez de luchar contra la Parca para salvar a Alejandra, parecían llevarla sobre sus hombros como un cuervo amaestrado.

Quizá a este par de médicos les toque ver la Copa América de fútbol desde una cárcel en Bogotá. El próximo 12 de marzo la Fiscalía los acusará de homicidio. Hoy miles de colombianos saldrán a marchar por la vida; vale marchar también contra un sistema de salud y algunos médicos que creen que la vida de los seres humanos es un juego.

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