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El refinamiento de la muerte

14 de noviembre de 2018 - 04:15 p. m.

Algunas personas de El Playón —cerca de Maríalabaja, en el norte del departamento de Bolívar— cuentan que alguna vez en su éxodo impulsado por la violencia encontraron en el camino a una mujer embarazada con el vientre abierto. Su cuerpo estaba echado en el suelo, boca arriba, como si apenas durmiera. Por el sangriento orificio de su abdomen le habían sacado la criatura que llevaba adentro y se la habían puesto encima de su pecho, como si fuera la imagen tierna de una mujer recién parida reafirmando la impronta indeleble de la maternidad. El cordón umbilical aún conectaba los dos cuerpos, como una conexión vitalicia, en la más absurda contradicción porque los dos —madre e hijo— habían sido asesinados.

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También se conocen historias de gente que aprendió a masacrar a gente inocente. Que la estrategia para endurecer el corazón constaba de las más aterradoras fórmulas de pedagogía criminal: deshollejaban mujeres y niños. Vivos.

Cuando se dio a conocer el escándalo de las llamadas casas de pique en Buenaventura también se conocieron relatos espantosos de vecinos asustados. El horror no era que hubiera lugares destinados para desmembrar personas, el horror era que toda la comunidad escuchaba los alaridos durante las faenas de pique.

Desde los tiempos del corte de franela, la cruenta forma de asesinar con un sello gráfico de venganza en la que degollaban a la víctima y luego le sacaban la lengua por el orificio de la garganta como si se tratase de una corbata, el país ha conocido múltiples formas del grotesco asesinato. El sonido de las motosierras, los pedazos de cuerpos flotando por los ríos, las fosas comunes —y no comunes—, los empalamientos, los juegos de fútbol con cabezas recién cortadas como pelotas, las violaciones sexuales en público como las de las mujeres en Bahía Portete, el sonido de las gaitas y los tambores en masacres como las de El Salado, las babillas devorando cuerpos, los cerdos y los perros hambrientos comiendo restos humanos en las dantescas escenas de sangre y fuego, el anuncio de la llegada de los mochacabezas, todas, absolutamente todas, son formas macabras que se hicieron populares durante más de 50 años de guerra.

La muerte de Alejandro Pizano Ponce, hijo del desaparecido Jorge Enrique Pizano Callejas —testigo clave en el caso de Odebrecht que murió un par de días antes que su hijo— divide la historia de la estética de los asesinatos en Colombia. El Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses estableció que las causas de la muerte de Alejandro se explican por envenenamiento por ingesta de cianuro. Según la misma Fiscalía, las pruebas recaudadas en la casa de los padres de la víctima —es decir, de Jorge Enrique Pizano, el testigo de Odebrecht— indican que el cianuro estaba en una botella de agua saborizada que se encontraba en el escritorio del papá de Alejandro. De acuerdo a las versiones de los familiares, después de tomar un sorbo de agua, Alejandro manifestó sentir un desagradable sabor y unos minutos después presentó terribles molestias estomacales que lo condujeron a la muerte. Alejandro no alcanzó a llegar al hospital con vida. Dice la Fiscalía también que, a partir de estos hallazgos, hará lo posible por determinar las razones por las que se encontraba el agua con cianuro en el escritorio del testigo del caso Odebrecht.

Nos hemos hecho maestros en unir todas las formas de arrancar la vida. Ahora, como al estilo de la Guerra Fría, parece que empezamos una nueva temporada: el refinamiento de las técnicas. La estética quizás es otra, la perversión y los motivos son los mismos.

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