Después de la caída del muro de Berlín, las ciencias sociales entraron en una vertiginosa carrera para renovar el lenguaje con el que se pretendía asir la realidad. En el afán por estar a la altura de la originalidad que requerían los nuevos tiempos, varias nociones y conceptos fueron jubilados. Hablar de clase, fascismo, imperialismo, oligarquía, burguesía… parecía asunto de un discurso ideológico trasnochado, propio de los reduccionistas manuales revolucionarios que circularon profusamente en América Latina en los años 60. Todo hecho social —dijo Reinhart Koselleck— se basa en “premisas comunicativas y en la aportación de la comunicación lingüística”, de modo que las realidades que nombraban esos conceptos terminaron asumiéndose como realidades superadas. Por estos días, sin embargo, América Latina ha dado muestras contundentes de que es preciso no jubilar algunas palabras a la ligera. Lo que en estos momentos está sucediendo en Bolivia es un ejemplo de ello.
Habría que partir de un hecho fundamental: el error de Evo Morales fue atornillarse al poder cuando los hechos demostraban que venía sufriendo un desgaste político no solo por la oposición sistemática de la derecha boliviana, sino también de sectores alternativos —indígenas, mujeres, sindicatos obreros, colectivos comunitarios— que lo ayudaron a convertirse en una opción de poder en su momento y estuvieron con él durante sus primeros mandatos. No debió lanzarse a la Presidencia por cuarta vez y quizá decidió hacerse a un lado demasiado tarde; en todo caso lo hizo. Lo que sí llama poderosamente la atención es que una vez dio un paso a un costado le tocó correr para salvar su vida. En un país de mayoría indígena, que consagra en el preámbulo de su Constitución Política que el pueblo boliviano es “de composición plural desde la profundidad de la historia” y que jamás comprendieron el racismo hasta que lo sufrieron “desde los funestos tiempos de la Colonia”, lo primero que hizo la supuesta alternativa política fue tomarse las dependencias oficiales —como en los tiempos del conquistador Francisco Pizarro— con la Biblia en una mano y un crucifijo en la otra.
No son los tiempos de los Cristeros, que protagonizaron una guerra civil en nombre de Dios en contra de las reformas de la Revolución en México a comienzos del siglo XX. Es ahora, en estos tiempos, cuando en Bolivia los que consideran que deben mandar por heredad aprovechan un punto de fuga para sacar de nuevo a la luz pública y en los escenarios oficiales un discurso y unas prácticas centenarias que siempre usaron la religión como elemento de orden y control. Ya está bueno de tanto privilegio para estos indios, parecen decir. Y como en los discursos que dieron origen a las naciones de América Latina, se vuelve a las premisas del siglo XIX: una nación, una raza, una lengua, una religión.
En un salón de eventos, en medio de una fanfarria musical de fiesta de quinceañera, un coronel del Ejército, que se identificó antes que nada como un creyente en el dios católico, dijo en un discurso emocionado que desde ese momento se establecía “un nuevo tiempo, un nuevo entendimiento en Bolivia”, y que consagraba las Fuerzas Armadas a Jesucristo, “que las sometía a Jehová, dios de los ejércitos”. Se equivocaba, no eran nuevos tiempos, era el retorno de los viejos tiempos, los que por cambiar los conceptos y las nociones que los nombraban ya se creían superados.
Posdata. Saldré a la calle este 21 de noviembre, por supuesto, sin odios ni temores, como dijo el poeta Jorge Artel.