Uno de los argumentos más recurrentes de los opositores del procurador Alejandro Ordóñez es que es un hombre de otros tiempos, un inquisidor que blande con fuerza su puño con juicios anacrónicos, un vejestorio de ideales mandados a recoger, un abullonado cuerpo atribulado por su propia doble moral oportunista propio de conservadores de otras épocas.
Sin embargo, nada más errado y carente de sentido que creer al procurador poseedor de una mentalidad de otros tiempos. Ordóñez, pese a lo que dicen sus contradictores, es el más fiel representante de las ideas conservadoras de los colombianos, eso que también somos, homofóbicos, racistas, misóginos, amantes de la guerra. La desazón es saber que Alejandro Ordóñez es un hombre de este tiempo, no de otro.
Por supuesto que hay una Colombia que avanza, que se regodea en los aciertos literarios de sus escritores, en su Constitución ejemplar, en el reconocimiento a las minorías, pero al lado de esto coexiste también la miseria. Mientras Bogotá se construía con sus ínfulas de Atenas suramericana, a pocos kilómetros se refinaban formas de tortura de cortes de manga y amputados flotaban por los ríos. Por un lado nos preocupamos excesivamente por la ortografía en unos gustos refinadísimos de las buenas costumbres, y en simultánea, en el campo, se mata sin saber leer ni escribir.
Las recientes declaraciones de Ordóñez aseguran que a las Farc sí es posible acabarlas militarmente. Alejandro Ordóñez ama la guerra y hace apuestas con la sangre de otros. Él, como la mayoría de los colombianos que atizan el fuego de las acciones militares, reposa en la comodidad de sus casas. Sería más digno verlo vestido de camuflado, con su humanidad apostada sobre un terraplén en el monte, rezando para que no le caiga una bala, dando tiros como loco, con el enemigo al frente, con el enemigo en la espalda, asustado, el estómago vacío y las manos temblorosas, esperando que esa larga noche termine.
Pero ni irá él a combate ni irán los que lo siguen, solo piensan categóricamente que hay que defender la Patria con los hijos de otros, en un conflicto armado que ocurre allá en el campo, lejos de las ciudades. Pablo Escobar representa la última vez que la guerra se sintió en todos los rincones de este país, incluyendo grandes avenidas, aviones, hoteles y centros comerciales. Amedrentada, la nación cerro filas para admitir las negociaciones que fueran.
La Constitución del 91 nos hizo creer a todos que por fin habíamos puesto los pies en los terrenos de la modernidad política. Ese espíritu reformista dotó a la Procuraduría General de los poderes necesarios para proteger a la ciudadanía, que fuera capaz de garantizar el Estado social de derecho que dejara atrás la clerical Constitución de 1886. Y allí, como garante, hoy tenemos a Alejandro Ordóñez, haciendo campaña presidencial con el populismo de las balas.
El gran funcionario defensor de los derechos quiere defenderlos a ráfaga de fusil. Su fogosidad insiste en la salida armada, esa misma tan fallida y lamentable. Ordóñez, desde España, pega un grito de guerra. Los tambores suenan, solo que el no está entre los hombres que marchan al campo de batalla. Así es fácil ser un guerrero, mientras otros ponen los muertos, él se aferra constante a su camándula, rezándole a su dios para que la guerra siga.