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“Mérmele, máistro”

28 de abril de 2018 - 10:00 p. m.

Cuando a Néstor Humberto Martínez, el actual fiscal general de la Nación, lo nombraron en 1994 ministro de Justicia del gobierno de Ernesto Samper, todavía no éramos víctimas de la avalancha mediática que agobia los tiempos actuales. Sin embargo, a los medios nacionales no se les olvidó que era el hijo de Humberto Martínez Salcedo, un destacado humorista de radio y televisión fallecido diez años atrás, y al que las nuevas generaciones, que no lo escuchamos en sus días de radio, nos acostumbramos a verlo en Sábados Felices, el eterno programa de humor de la televisión colombiana. Para esos días era común que saliera en entrevistas, hablando con el lenguaje enrevesado de cundiboyacense popular, imitando con gracia a su padre en la representación del maestro de albañilería Salustiano Tapias.

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Sin duda, algo del talento histriónico de su entrañable padre había heredado quien varios años más tarde sería fiscal de la Nación. El problema es que este tipo de talento, que se cultiva estableciendo una relación obsesiva con la cámara, los micrófonos y en general con todos los medios, no es precisamente el más compatible con el importante y delicado cargo que ahora ocupa. El fiscal, no obstante, parece sentirse cómodo ejerciendo sus funciones mientras se suministra frecuentes dosis de popularidad mediática. Varios de los procesos que en los últimos meses ha llevado a cabo la Fiscalía están enmarcados por una aureola de espectáculo; casos que parecen obedecer más a la preocupación por el impacto en los medios, por el titular vistoso y por la diarrea informática que producirán en las redes sociales, que en la solidez de las pruebas recabadas. Sin duda, este modo de desarrollar procesos acusatorios contribuye más a la especulación y la incertidumbre, que a la generación de certezas y credibilidad.

Hace unos días, los hermanos Mora Urrea, dueños de la cadena de supermercados Supercundi, acusados de lavar dineros ilícitos de las Farc, fueron dejados en libertad porque un juez determinó que no había suficientes méritos en las pruebas presentadas por la Fiscalía como para mantenerlos cautivos. Antes, también la Procuraduría había señalado que éstas eran débiles. No fueron débiles los disturbios y los saqueos que generaron las acusaciones de la Fiscalía contra los señalados negocios, en un país en el que la justicia cada vez más —como en los tiempos de la cacería de brujas— toma las formas de una horda que busca desesperadamente con antorchas, palos y rastrillos a los que considera herejes para condenarlos.

El caso de Jesús Santrich tampoco ha sido manejado de la mejor manera por el fiscal. Hay rumores de que el presidente, al igual que todos nosotros, se enteró del operativo y la captura por los medios; que el fiscal, pese a que solo unos días antes se había reunido con él, no le informó del caso, y que siguió con el plan junto a la DEA, organización que además de experta en la persecución del tráfico de drogas, suele armar operativos pensando en el guión para su posterior representación en Hollywood. Además de las debilidades que varios medios ya han advertido del proceso contra Santrich, está claro que el fiscal nuevamente pensó en los reflectores y los titulares, y no en el impacto que todo esto generaría en la estabilidad del país y en un proceso de paz que atraviesa una de sus peores crisis.

No conviene, a una nación volátil como la nuestra, un fiscal al que parece encantarle subirse cada tanto a la cresta de la ola mediática. Usted está ahí para generar credibilidad y respeto en un país de rancio desgaste institucional. Como diría Salustiano Tapias: “Mérmele, máistro”. Y no se le olvide que usted escogió otro camino, el actor y humorista era su padre.

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