El video se volvió viral. Aparecía la (todavía) primera dama de los Estados Unidos Michelle Obama en un cuarto decorado con un sofá rojo. Bailaba frente a la cámara mientras se iba quitando una blusa escotada y un sostén negro. Una escena provocadora que millones de usuarios del foro de internet Reddit vieron y compartieron a sus amigos y conocidos. Había un problema: no era la señora Obama. Era un deepfake, que se define como un videomontaje hecho con software de inteligencia artificial. El periodista del NY Times Kevin Roose explica que “se creó utilizando un programa llamado FakeApp, que sobrepuso el rostro de Michelle Obama en el cuerpo de una actriz porno. El híbrido era espeluznante: de no estar bien enterado, podrías haber pensado que de verdad era ella”. Bienvenidos a la era de la manipulación digital.
El fin de semana el candidato Gustavo Petro compartió en su poderoso Twitter un videomontaje de Iván Duque acompañado de Poncho Zuleta cantando La Gota Fría. Al final del video el cantante vallenato grita “viva la tierra paramilitar”. El montaje era la frase, que Zuleta sí había dicho, pero en 2004, y no en esta “parranda” con el candidato Duque. Petro reconoció su error y pidió disculpas “por retransmitir algo que debe quedar superado”. Algún malandrín que seguramente permanecerá en el anonimato introdujo el audio del señor que celebrara a los paramilitares en el video del encuentro con Duque. En los minutos que Petro tardó en rectificar hubo miles de colombianos que alcanzaron a ver y luego compartir el montaje. Hoy, mientras ustedes leen esto, habrá todavía algunos que creen la calumnia. ¿Cómo tratar de impedir que estas cosas sigan ocurriendo?
Todo empieza con la mala fe. Una acción tecnológica que busca desestabilizar, manipular, encender la ira y la indignación. Se dirige al corazón de los prejuicios y los miedos. Luego llega la reacción en cadena: compartir el contenido –que puede ser un audio, un video, una foto- sin meditar sobre su sentido, sin contemplar la posibilidad del engaño y la mentira. No hay reflexión porque no hay duda, porque se afirma que el otro, que es el adversario, debe comportarse siempre como se comporta un rufián. Esta obsesión contra el otro no es nueva, por supuesto, pero se ha visto reforzada con los algoritmos de Facebook y YouTube que impulsan el engaño. Nos manipulan y nosotros lo disfrutamos sentados frente a las pantallas de unos aparatos que han multiplicado los odios. Porque hay pocas acciones que generen tanto placer como los linchamientos virtuales, como compartir contenidos que puedan acabar con la reputación de un individuo.
Esta realidad macabra ha llegado para quedarse. Las cadenas de Whatsapp hablando sobre la inminencia del Castrochavismo mutarán para advertir sobre alguna otra tontería que millones estarán preparados para creer y compartir. Luego aparecerán montajes de videos cada día más sofisticados y perfectos que obligarán a las personas a desconfiar cada día un poco más de sus sentidos. Algunos preocupados por las consecuencias que estas manipulaciones digitales pueden tener sobre las democracias trataremos de sugerir que siempre es bueno dudar, que es preferible no compartir nada de lo que no se esté completamente seguro de su procedencia, de su autor, de la fecha de su producción, de las intenciones con las que alguien –que suele ser algún conocido- lo ha enviado. El mundo necesita educación tecnológica urgente. Se cree que las personas, como viven rodeadas de aparatos “inteligentes”, no necesitan ninguna educación para su uso. Es falso. Nunca como ahora ha habido tanto analfabetismo digital. Las aplicaciones más simples y fáciles de usar -las de mensajería instantánea como Whatsapp y las sociales como Facebook- son las más peligrosas. Unos jóvenes sentados en unos escritorios subsidiados por el gobierno ruso lograron que un tipo como Donald Trump se convirtiera en un fenómeno político y luego en presidente de Estados Unidos (eso y los múltiples desastres demócratas de la buena señora Clinton).
Una política pública seria sobre tecnología debería ir mucho más allá de entregar tabletas con conexión a internet y celulares con planes de datos. En este mundo que nos tocó, hacen más daño estos milagros de la mente humana que las armas. Cuando entendamos eso empezaremos a construir el camino para reducir significativamente la manipulación asociada a las redes y a las nuevas formas de comunicar.