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El periodismo en su laberinto

13 de marzo de 2016 - 09:00 p. m.

Nos debatimos entre señalamientos extremos: periodista prepago especie enmermelado. Periodista mamerto especie castrochavista.

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Periodista prepago especie marioneta grupo económico. A partir de allí, sus ramificaciones. Cada día que pasa en esta esquizofrenia informativa del país que nos tocó, nos enfrentamos (algunos, al menos) a la pregunta del equilibrio. No de la objetividad, cosa que no existe, ni es posible, sino del balance en la información. Y eso no es otra cosa que el a, b, c del periodismo: consultar distintas fuentes, dar espacio a las dos, o más, versiones de una historia, no enmascarar opiniones como noticias objetivas, dar voz a quienes están silenciados, contar lo que alguien no quiere que se cuente, hacerle frente al poder, dudar. De todos y de todo. Hace unas semanas, escribía en otra columna que al periodismo criollo le falta autocrítica, que la práctica perversa de mantener la unidad de cuerpo entre colegas, que no es otra cosa que un padrinazgo en la mediocridad y la falta de honestidad, no le hace ningún favor al oficio. Hay que criticarse. Permanentemente. Pero entre aquellas cosas que hay que criticar, señalo una: la tentación de caer en la dictadura del público.

Explico: la versión periodística de tratar de quedar bien con todos, para no quedar bien con nadie. Esa es la dictadura del público. Ejemplo, cualquier asunto que, de diario, se discute apasionadamente en las redes, esa frenética ola de trinos que no da espacio a los matices. Todo inmediato, en blancos o en negros, rápido. El proceso de paz, que tanto espacio ocupa en los medios, y en los trinos, lo ilustra perfectamente. Sucede entonces que las opiniones generales no tienen matices, que suele debatirse entre “la entrega del país al castrochavismo” y la falta de corazón de “los enemigos de la paz”. Así, sin más. ¿Es acaso este un mundo dividido entre petristas y peñalosistas, entre uribistas y santistas, entre comunistas y fascistas? Y aquella simplificación de la realidad ocurre no solo en el periodista, también en el que recibe la información. Al periodismo, con razón, se le debe criticar, a veces, su descarada militancia, su falta de honestidad al informar. Pero, ¿y qué hay de los que, sin reparos, califican a LOS periodistas, a todos, de prepagos, enmermelados, castrochavistas? ¿Criticar algún aspecto concreto de los diálogos en La Habana lo convierte a uno en un “guerrerista enemigo de la paz? ¿Reconocer algunos aciertos de Petro en la alcaldía lo convierten a uno en un “castrochavista mamerto”? ¿Entrevistar al senador Uribe, a los senadores de su bancada, nos pone en el lugar de “uribistas disfrazados de periodistas”? ¿Respetar la presunción de inocencia al no afirmar con mazo que éste o aquel es un asesino paramilitar convierte al reportero en un facho prepago sin remedio? ¿Decir que aquella idea de la alcaldía Peñalosa puede ayudar a Bogotá lo hace a uno un regalado a la oligarquía, una marioneta del poder?

Con frecuencia, estos asuntos se discuten en los consejos de redacción. Y no porque venga del cielo una revelación moral, sino porque sabemos que el único activo de un periodista es su credibilidad, el valor que quien lee, oye o ve le da a su palabra. Una ciudadanía informada es aquella capaz de distinguir los matices, de entender que la realidad, con frecuencia, no se puede entender en 140 caracteres, que para cada afirmación hay una negación y que entre ambas posiciones hay muchas otras miradas. Pido a los colegas que comparten esta reflexión no dejarse tentar por esa dictadura del público. No dejarse tentar por las voces que, en una esquina o en otra, esperan de nosotros a un inquisidor. Ese no es nuestro oficio. Hacer entrevistas respetuosas, no caer en la dinámica de usar el micrófono como un guante de boxeo, dar espacio a las distintas versiones de una noticia, reconocer los aciertos, permitir espacio incluso a los indeseados por la mayoría. Tratar de mostrar la complejidad del debate público. Enriquecer la discusión abriendo otras líneas de conversación. Ese es nuestro oficio.

@espinosaradio
 

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