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Miente, que estoy contigo

16 de julio de 2017 - 09:00 p. m.

Una escena: un político cualquiera dice en una entrevista que las ciudades colombianas son cada día más peligrosas y que cada año hay más homicidios. El periodista, en su labor de detector de mentiras, le contesta que eso no es cierto, que, de hecho, las cifras demuestran que las ciudades son cada día más seguras. El político le replica: usted puede quedarse con sus cifras, mi percepción es otra y la de la gente también. Zanjado el debate.  

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¿Sí?

En el 2015 los politólogos Ethan Porter y Thomas Wood replicaron una investigación del 2005 que encontró algo inquietante: cuando una persona tiene una idea preconcebida, no hay forma de que cambie de opinión. Y fueron más allá: suele ocurrir lo que se denomina “backfire”, es decir, cuando el periodismo revisa una cifra y la corrige, la persona suele aferrarse con más fuerza a la idea que tenía previamente. Se trata de determinar si el periodismo de fact-checking —o de verificación— sirve para cambiar la percepción de las personas que ya tienen una idea preconcebida. ¿El seguidor del político que citábamos arriba cambia de opinión cuando el periodista lo corrige? ¿Sigue creyendo ciegamente al político? ¿Se aferra como nunca antes a la idea preconcebida?

Es un asunto fundamental de nuestro tiempo. Vimos hace poco, para sorpresa de muchos, cómo fue de rentable para Donald Trump la mentira permanente, la exageración en los conceptos, el desprecio por las cifras. ¿Saben los seguidores de Trump que él les miente permanentemente? ¿Tiene eso alguna consecuencia? Wood y Thomas invitaron a seguidores de Hillary Clinton y Donald Trump a participar en dos experimentos. Leyeron uno de cinco artículos. Uno era de control sobre avistamiento de aves. Otro contenía un mensaje de Trump sobre cifras de violencia en el país, sin ninguna corrección. El tercero incluía una corrección con las cifras del FBI. El cuarto tenía la corrección, pero luego una defensa de la afirmación de Trump por parte de un asesor del —entonces— candidato. El quinto tenía la corrección, y una afirmación del asesor que desestimaba la cifra del FBI.

¿Qué pasó? Una cosa curiosa. Los seguidores de Trump, en promedio, cambiaron de opinión cuando leyeron la corrección. Es decir, reconocieron que su candidato mentía, que su cifra sobre el incremento de la violencia en las ciudades no era cierta, y sí lo era la del FBI, pero incluso así mantuvieron su voto por él. Es decir, los seguidores de Trump, muchos de ellos, saben que el candidato/ahora presidente miente, pero no les importa. La buena noticia es que los investigadores no encontraron, ni en éste ni en el segundo experimento, que el “backfire” ocurra con frecuencia. Las personas, cuando leen una corrección, pueden cambiar de opinión, pero se mantienen fieles al político de su preferencia.

La otra conclusión del estudio es que los hechos importan, pero las creencias pesan más a la hora de votar por uno u otro candidato. Los seguidores del republicano parecen aceptar sus mentiras, decir: sí, está bien, puede no estar en lo correcto, pero en todo caso mis sentimientos no cambian, tiene mi voto y mi fidelidad. El reto para el periodista, me parece, es entender el valor que tiene el periodismo de verificación. No importa que el ciudadano no cambie su voto, pero por lo menos la cifra mentirosa, la apreciación incorrecta, no se difunde sin control.

Una pregunta que queda de todo esto es si esa característica, a saber, perdonar incluso las mentiras, se puede extender a otros políticos que no tengan la capacidad de seducción del republicano. En el fondo, es poco alentador encontrar que los seguidores de un político X estén dispuestos a votarle incluso reconociendo que miente todo el tiempo. ¿No es aquella la actitud de un fanático? ¿Estoy contigo, pase lo que pase?

@espinosaradio

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