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Spotlight y el periodismo de cóctel

10 de enero de 2016 - 09:00 p. m.

Qué gran lección de periodismo.

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Ya otros han escrito elogios sobre sus virtudes cinematográficas, sobre la impecable actuación de aquel grupo de reporteros que, a pesar de la resistencia, persistió en su propósito de descubrir los hechos y publicar la investigación. Hablo de la película “Spotlight”, del director Thomas McCarthy, traducida (muy mal, como casi siempre) como En primera plana. Enero 6 del 2002: Spotlight, el grupo investigativo del periódico The Boston Globe, publica una historia que demuestra cómo la Iglesia Católica sabía de los repetidos abusos sexuales a niños por parte de sacerdotes de la ciudad y nunca hizo nada para detenerlos. Lo que empieza siendo una acusación contra un sacerdote, termina en una compleja red de encubrimientos, mentira, chantajes y abusos que involucran a la jerarquía de la Iglesia en el Vaticano y al cardenal de la ciudad de Boston.

Decía pues que otros han hablado ya de la calidad de la película, así que me centraré en la manera en que McCarthy (también director de la fabulosa The station agent) retrata a los periodistas y al proceso periodístico que hay detrás de toda buena investigación. Y en todo esto hay un personaje fundamental: Martin Baron, el editor del Boston Globe para la época de los acontecimientos. Es él quien ordena al grupo de reporteros de Spotlight que se concentre en la historia de la Iglesia de Boston encubriendo a los sacerdotes pederastas. No será fácil, le dice un colega en el consejo de redacción, porque necesitaríamos demandar a la Iglesia, y eso sería muy mal visto en la ciudad. No importa, dice Baron, estas son las historias que nuestros lectores agradecerán, las que harán que el periódico se vuelva imprescindible en sus vidas.

A partir de allí, McCarthy se concentra en contar lo que nadie había contado: cómo es que el grupo de Spotlight descubre lo que pasa, llega a la historia (que después ganaría un Pulitzer). Lo que hay detrás de la publicación es lo que interesa al director. Y eso que hay detrás se resume en dos palabras: reportería e integridad. Los cuatro periodistas salen a la calle, tocan puertas, toman notas, siguen pistas, esperan en juzgados. Saben que van detrás de algo gordo, y entienden los jefes que las buenas historias requieren tiempo y apoyo. Muy pronto, descubren que hay unos grupos interesados en callarlos, en persuadirlos en que la ciudad estará mejor si la historia no se publica. Y esto es esencial: el jefe de la unidad investigativa, un tipo de la clase alta de Boston, entiende que el periodismo de cóctel no es más que una lagartería innecesaria y peligrosa. Volverse compinche y amigote del poder es la manera de perder la independencia. Hay que mandarlos al carajo y empezar a escribir.

Con frecuencia, el periodista se ve en la encrucijada de aceptar el ingreso a cierto círculo del poder a cambio de obtener información. Pero todos tienen una agenda, un interés, una motivación. Y con frecuencia, ninguna de aquellas categorías tiene que ver con el oficio del reportero. Tal vez, es así como se puede entender que el periodismo de investigación agonice en el mundo: el oficio pasó de ser un servicio a la comunidad, una herramienta que amenace al poder, a una lista de espera en un cóctel de gente divinamente. El grupo de Spotlight solo quería contar una historia. Y para eso, hay que dejar los cocteles y dedicarse a la gente.

@espinosaradio

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