En tiempos no muy lejanos, el partido más importante de cada país, el más seguido, el más comentado, era el clásico local. La globalización ha traído unas externalidades inesperadas. De unos años para acá el mundo se paraliza para seguir el clásico Real Madrid vs. Barcelona.
Por más de 100 años ha sido el clásico español por excelencia. Con el permiso de Athletic de Bilbao y el Atlético de Madrid en ciertas épocas, Madrid y Barcelona siempre se han visto como el gran rival a batir. La rivalidad entre el centro y la periferia española le dio un matiz único al gran clásico español. Y siempre el árbitro fue protagonista.
Cuando el Real perdió 3-0 en 1943 en Barcelona, el ABC, diario madrileño y madridista, escribía: “ni fútbol, ni juego, ni monsergas. Choques y violencia recíprocas, con una desventaja enorme para el Madrid”. La prensa catalana no se queda atrás. En 1970, mientras el mundo disfrutaba del Mundial de México, en España escribía El Mundo Deportivo de Barcelona que “el árbitro puso K.O. al Barcelona en la Copa”. El Madrid, concluyen, “tal vez pura cuestión de azar, si nos atenemos a las estadísticas veremos que es un equipo que a lo largo de la temporada manipula un florete de ‘penaltys decisivos’ realmente singular”.
No hay prensa más parcial que los diarios deportivos de Madrid (AS y Marca) y Barcelona (Sport y Mundo Deportivo). Internet los ha hecho accesibles al mundo. A ello se suma que disponen de los futbolistas más selectos del orbe, fruto del desigual trato de los contratos de televisión en España, que los han favorecido. Además cuentan con un gran aparato propagandístico. Desde abril comienzan a promover a sus estrellas para ser el Balón del Oro. El podio del balón FIFA, entre 2010 y el 2016, sólo ha contado con tres futbolistas externos a los dos gigantes.
Las victorias 6-1 del Barcelona al PSG y 4-2 del Madrid al Bayern son el último ejemplo de la expansión al planeta de la centenaria lucha entre Castilla y Cataluña. Sin entender por qué, todos tenemos que denigrar del blanco o el azulgrana, azotados por la sedienta prensa española. El fútbol ha crecido al amparo del error humano. La evidencia estadística muestra que los árbitros tienden a ser localistas. Suelen equivocarse en contra del débil. Pero cuando se equivoca contra ellos (o a favor del rival), las lágrimas que derraman en sus escritos ponen en pie de lucha al mundo del balón. Tal es su poder. Quizás, a medida que Ronaldo y Messi se hacen mayores, haya llegado la hora de emanciparnos de tal poder. Disfrutar del fútbol español es una cosa. Participar en sus disputas partidistas, otra.