Se disponía a disfrutar uno de los mejores refrescos, jugo de naranja extraído en tiempo real con una máquina automática. Leyó la advertencia: el contenido no está pasteurizado, hay riesgo de que contenga bacterias y otros gérmenes patógenos.
Era verano, hacía calor, se lo tomó. Fue a comprar un durazno. Otra advertencia: se ha detectado la posibilidad de que alguna cosecha de frutas con semilla grande pueda estar contaminada. ¿Qué hacer? Comérsela. Se detuvo en un restaurante de comida rápida, escala técnica de la familia. Un gran aviso decía: los productos de este establecimiento pueden contener elementos nocivos y ser potencialmente peligrosos para la salud y pueden producir defectos congénitos. Una discreta advertencia en una reconocida cadena de cafeterías informaba que la forma de tostar el café producía un químico cancerígeno; afortunadamente esta tienda lo tostaba con otra tecnología.
Al no seguir las advertencias, el usuario se ve como un suicida potencial. Los mariscos, las carnes no asadas completamente, de acuerdo a los avisos, son un riesgo inaceptable, no sólo para quien las consume sino para quienes están en el vientre materno.
Consumir lácteos trae problemas de conciencia. Hay que preguntarse: ¿las vacas son estabuladas o viven en potreros? ¿La leche proviene de un hato familiar administrado por su propietario o, por el contrario, es un producto industrial? No contento con asentir, mentalmente, en forma políticamente correcta, debe analizar con mayor detalle el sistema productivo. Como se sabe, las vacas son altamente productoras de gas metano, cuyo efecto es más de 20 veces el del anhídrido carbónico, uno de los causantes del efecto invernadero. Por lo tanto, para ser ecológicamente responsables, se debe mirar si la etiqueta informa que la dieta del ganado se ha modificado para que las vacas reduzcan la emisión de metano a la atmósfera.
Antes de consumir cualquier otro producto del reino animal o vegetal se debe estar seguro de que no provienen de ningún ser orgánico genéticamente modificado.
Las advertencias con las grasas son más complicadas. No basta con saber si son de origen animal o vegetal, debe conocerse su densidad, preferir las de alta, rechazar las trans, tener cuidado de que al reducir el consumo de aceite se produzca el efecto no deseado, se disminuya el colesterol bueno y se mantenga el malo.
Al entrar al moderno terminal de San Francisco, una advertencia aterradora: “Este edificio empleó en su construcción productos químicos y otros que potencialmente pueden desarrollar cáncer o producir defectos congénitos”. ¿Qué hacer? Entrar, ya que regresar caminando o por tierra no es una alternativa viable.
Tanta advertencia sin matizar puede tener efectos contrarios a los buscados. Han sido demostrados los efectos cancerígenos del cigarrillo y del asbesto. El consumo de bebidas alcohólicas causa problemas no sólo en la salud, sino también en el entorno familiar y de trabajo. Pero si en cada alimento o a la entrada de edificios públicos se anuncian terroríficas advertencias, puede pensarse que, como estas son exageradas, tal vez también lo sean las advertencias al consumo de sustancias realmente nocivas y al final no se le haga caso a ninguna.
Faltaría adicionar la ineludible advertencia: vivir es peligroso: tarde o temprano conduce a la muerte.