A los tenebrosos carteles de la droga recientemente se han añadido el de los pañales y el del papel higiénico. En estos últimos coinciden muchos de sus integrantes.
Puede afirmarse que estos productos hacen el trabajo sucio: son de la mayor importancia y pocos objetos tienen un papel tan significativo en el bienestar personal y en la convivencia ciudadana. Hasta ahora los investigadores no han encontrado el natural corolario, el cartel de las toallas higiénicas, que, como insinúa D. Samper, el municipio cundinamarqués de Tena sería el lugar natural para su conformación.
Pocos días atrás, funcionarios del Banco de la República (no el gerente, que es un hombre sensato) denunciaron otro peligroso cartel: “los ahorradores de las monedas nuevas, en particular las de $1.000”. De sus conclusiones se concluiría que la economía podía colapsar. Los supermercados y las tiendas apoyaron drásticas medidas para evitar que disminuyera la circulación de este medio de pago.
Lo que es una conducta socialmente aceptada, estimular el ahorro de los niños, en alcancías, se estaba asimilando a un punible comportamiento, comparable con la especulación financiera y rayando en el pánico económico.
Afortunadamente algún funcionario encontró la solución y evitó así que se congestionaran, aún más, los despachos judiciales. Se tomó la decisión de operar en horas extras la fabricas de cospeles de Ibagué y contratar en el exterior la producción adicional de las monedas.
Cuando el papel moneda dejó de ser convertible en oro, hizo que fuera favorable para un Estado emitir billetes, títulos en cuentas de terceros países y ojalá que aquellos se “guarden bajo el colchón” y no se empleen para demandar bienes o servicios. Así se emite sin asumir el costo inflacionario y puede cubrirse en esta forma el déficit comercial. A diferencia del pasado, cuando las monedas valían lo que representaban, en oro y plata, hoy el costo de acuñación es menor que el valor que representan. En teoría para la Banca Central, emitir metálico y que en lugar de circular se ahorre en marranitos, es favorable, se reduce la inflación, aunque evidentemente este no es el objetivo de la autoridad monetaria. Lo que sí es insensato es criticar el ahorro de las monedas. Es tan absurdo como condenar, cuando existían las estampillas para el correo, que los filatelistas compraran las primeras ediciones para sus colecciones. Por el contrario, las compañías postales hacían un magnífico negocio.
El papel moneda es un invento de los chinos; antes de que se popularizara su uso en Occidente, los gobiernos tenían pocas herramientas para financiar los gastos no fondeados con impuestos. Las monedas eran casi el único medio de pago, estas eran de oro las de mayor valor y de plata las de menos. Si la relación de precios oro/plata metálicos no era igual al valor que representaban, en particular si se le daba mayor valor representativo a la moneda de plata, las de oro iban saliendo de circulación y quienes las atesoraban obtenían grandes utilidades. En las transacciones comerciales no todos contaban con básculas de precisión para pesar las monedas, existía un incentivo para limar los bordes y atesorar el polvo metálico, muy valioso en el caso del oro. Las estrías en los bordes buscaban evitar esta forma de engaño. Esta solución, innovadora, se le debe a un empleado de la Banca Real de Inglaterra, sir Isaac Newton.