La curiosidad era grande dos días después del entierro, en el cementerio Montesacro, del mayor asesino de todos los tiempos en Colombia: Pablo Escobar.
Visitó su tumba. Con algo de intuición, creía que se iniciaba el mito del santo y el diablo. Unos meses antes, el padre García-Herreros, altamente respetado por su carisma y su labor social, afirmó: “Escobar es un hombre bueno”. Llamaba hombre bueno a quien no le temblaba la voz para ordenar colocar un carro bomba en un centro comercial asesinando a cientos de personas, a quien disponía de la vida o muerte de los policías en Medellín, a quien llegó al extremo de hacer explotar un avión engañando también al sicario que murió en el horrible crimen; hombre bueno, quien segó la vida de miles de personas que ni remotamente tenían algo que ver con el narcotráfico. ¡Hombre bueno, el actor intelectual del asesinato de Galán! De acuerdo con la tradición cristiana, que afirma que no hay crimen, por grande que sea, que no sea susceptible del perdón, el sacerdote eudista hubiera podido decir algo menos perturbador, del tenor de: “¿Quién soy yo para juzgarlo? ¡sólo Dios podrá hacerlo!”. Tal vez así la sociedad no hubiera recibido un mensaje tan contradictorio.
La tumba no estaba sola. Se encontraban tres monjas rezando, ojalá por el alma y no para pedir su intervención, como hombre bueno, ante la divinidad. También había dos curiosos y un jardinero, que no era empleado del cementerio, estaba arreglando el césped recién puesto.
La familia de Escobar había comprado los lotes mejor situados del cementerio; como no hay tumbas comunes, toda la parentela quedaría en una misma área. Un poco lejana se veía la tumba de Chupete. En teoría, las lápidas sólo deben tener el nombre y la fecha de nacimiento y muerte; la de Chupete tenía labrado un chupo. En el área estaba también la tumba del único no familiar, su escolta, que murió abatido el mismo día. Más lejos, y esto fue sorpresivo, se hallaba la recién abierta tumba del primo de Escobar, Gustavo Gaviria, muerto horas antes que el jefe del cartel. ¿Por qué no estaba en el área reservada a la familia?
El jardinero respondió a la pregunta: “¿No sabe usted que el difunto Gaviria delató al patrón?”. Esta lacónica respuesta no estaba en línea con la versión oficial, que decía que fue la tecnología de triangulación de comunicaciones que permitió localizar el escondite del “patrón”. Hace unas semanas, una de las mujeres de Rodríguez Orejuela confirmó la respuesta del jardinero: Gustavo Gaviria fue torturado por los Pepes y los condujo a la madriguera.
A pesar de la prohibición en el cementerio de mausoleos y epitafios, la tumba de Escobar se va pareciendo a un mausoleo. Siempre hay flores, y de tanto en tanto se retiran mensajes de agradecimiento por los favores obtenidos por su mediación. Demonio y santo, lo que hace pensar que la sociedad tiene integrantes cuyos principios morales son al menos dudosos. El actual epitafio tiene una frase atribuida a Cicerón: “Cuando ves a un hombre bueno trata de imitarlo, cuando ves uno malo examínate a ti mismo”. Podría interpretarse: ¡no fue más malo que quien lee la frase! Años antes el epitafio era menos filosófico y más megalómano: “Mientras el cielo exista, existirán tus monumentos y tu nombre sobrevivirá como el firmamento”. ¿Qué pensarán de estos homenajes sus miles de víctimas?