La burbuja petrolera y minera estalló, descarrilando la locomotora con la que se habían creado grandes expectativas fiscales y de inversión extranjera.
Algunos piensan que esta nueva realidad económica no es necesariamente negativa, nos saca de la ilusión de ser un país rentista y nos vuelve a la realidad; crear bienestar y riqueza requerirán trabajo e inventiva y no serán frutos de loterías geológicas.
Es de esperarse que la presión por realizar proyectos mineros, especialmente auríferos, en zonas ecológicamente vulnerables, como son los páramos, se reduzca. Por otra parte, la vulnerabilidad del suministro de agua puesta de manifiesto por el fenómeno del Niño 2015 incrementa la sensibilidad de las comunidades ante el daño que le hace la minería en las zonas que, como los páramos, son las fuentes de agua y origen de los acuíferos. El deterioro que se ha hecho a los ríos por el uso de mercurio y el cianuro en la explotación de oro tardará años en recuperarse, y eso si se toman ya medidas de control. Los contenidos de mercurio en los peces de las cuencas bajas de los ríos Cauca y Magdalena superan, en muchas especies, los niveles máximos fijados por la FAO.
La caída de los precios del petróleo arrastra también los del carbón, dejando atrás proyectos de dudoso beneficio, como el de modificar el cauce del río Ranchería.
Existe correlación entre los precios del oro y del petróleo. En el año 1980 la escalada de los precios del crudo triplicó el precio del oro; al final los países árabes recibieron por el barril de petróleo la misma cantidad de oro que el que recibían antes del alza. Hoy la situación es igual: la reducción del valor de la onza de oro de US$1.900 a US$1.100 es comparable a la del petróleo de US$100 a US$47 por barril. Como los precios pueden en un futuro subir, es buen tiempo para diseñar las políticas fiscales y ambientales de la actividad minera y petrolera para beneficio de la sociedad.
Los países mineros como Canadá y Australia modificaron sus políticas tributarias para obtener mejores rentas mineras por efecto de los precios altos. Colombia no lo hizo; por el contrario, el gobierno de Uribe les dio exenciones y beneficios adicionales a las empresas bajo el manto de la “confianza inversionista”. El buen minero no le dejó a Colombia un ahorro fiscal para que pudiera emplearse en el periodo de las vacas flacas. Noruega, Canadá, Chile, Australia, para citar unos ejemplos, sí aprovecharon las bonanzas para mejorar sus ahorros. Nosotros nos quedamos con unas cuentas fiscales precarias, que han requerido reformas tributarias que pueden desestimular la inversión o estimular la evasión.
Adicionalmente, como un ejemplo de texto, las políticas públicas aceleraron la “enfermedad holandesa” y la revaluación trajo como consecuencia la desindustrialización del país. La reciente devaluación hace que la industria y el agro sean más competitivos, pero no se ha producido el repunte de las exportaciones industriales. Muchas de las empresas desmantelaron el aparato productivo y se convirtieron en importadoras y comercializadoras; los tratados de libre comercio en un ambiente revaluacionista aceleraron e impulsaron esta nociva política.
Es un buen momento para definir las políticas cambiarias, fiscales, ambientales, de comercio internacional; para corregir los errores del pasado y aprovechar los posibles aumentos en el futuro de los precios.