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Conservación y apropiación de la naturaleza

25 de febrero de 2009 - 11:00 p. m.

EL NÚMERO DE VISITANTES A LOS parques naturales, en los Estados Unidos, ha decrecido en los últimos años. Ante este hecho, se producen dos reacciones opuestas.

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Los fundamentalistas ecológicos lo celebran, pues consideran que así se conserva mejor la naturaleza. Los pragmáticos se preocupan, consideran que la mejor manera de preservar una reserva natural consiste en la apropiación que de ella hace la sociedad. En esta forma cualquier proyecto minero, industrial o de hidrocarburos que pretenda llevarse allí, encontrará oposición por parte de quienes conocen o aspiran a conocer el área. Esta ha sido la mejor defensa contra las propuestas de perforar para buscar petróleo en las áreas protegidas de Alaska.

El movimiento “verde” para evitar la extinción de las ballenas está mostrando resultados. La posibilidad real de ver estas criaturas cerca de Buenaventura, o en Bahía Solano, para citar sólo algunos sitios de Colombia, refuerzan los movimientos conservacionistas. Umberto Eco, en un divertido artículo, decía que para entrar al movimiento de protección a las ballenas debía conocerlas. Narra sus peripecias, en California, para lograr ver al menos una: no tuvo éxito, pero aceptó unirse al movimiento de conservación, pues hipotéticamente algún día podría verlas.

Si bien el exceso de visitantes puede poner en peligro un área, éstos permitieron, por ejemplo, evitar la destrucción de las especies en Galápagos, al ofrecer alternativas económicas a quienes con cabras y vacas obtenían su ingreso. Hoy se limita el número de visitantes, pero los que han ido, y los que anhelan ir, ayudan tanto como los ambientalistas a proteger este patrimonio de la humanidad.

Algunos parques urbanos se han defendido de los urbanizadores, porque la ciudadanía los siente como propios al poder disfrutarlos. Piense en el Central Park, de Nueva York, o en el Parque Nacional o en el Simón Bolívar de Bogotá. No ocurre lo mismo, por ejemplo, con el humedal de Juan Amarillo, el cual puede verse desde el avión, pero llegar al sitio en un carro es casi imposible, pues seguramente para evitar que se conociera no se dotó de parqueaderos. Nótese la diferencia con el Parque Simón Bolívar; allí puede irse también en carro. Existen amplios parqueaderos y compárese el nivel de apropiación de ambos espacios.

Un proyecto de gran impacto ambiental y paisajístico que se desarrollará en Bogotá es el Corredor Ecológico y Recreativo de los Cerros. Esta alameda debe recorrerse lentamente y a pie. Está muy bien diseñada, pero falta definir cómo se acude a ella, pues no todos los bogotanos y menos los turistas tienen la capacidad física de llegar en bicicleta sorteando pendientes del 10-15% o depender de un taxi. Unos parqueaderos, estratégicamente localizados, permitirían acceder a este maravilloso y futuro corredor peatonal.

Tal vez es conveniente diseñar, con menos sesgo, contra la movilización privada. La realidad es que quienes más odio muestran al transporte particular lo usan como carro oficial mientras están en el Gobierno, y luego casi nunca se les ve en buses, taxis o en bicicleta.

*Rector Universidad Jorge Tadeo Lozano.

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