Casi simultáneamente se publicaron dos entrevistas sobre el concepto de la educación: la del periodista A. Oppenheimer y la del pensador G. Steiner.
El primero afirma que “América Latina necesita menos poetas y más técnicos y científicos”. Por su parte, el humanista dice: “Estoy asqueado por la educación escolar de hoy en día, que es una fábrica de incultos y no respeta la memoria. Y que no hace nada para que los niños aprendan las cosas de memoria. El poema vive en nosotros, vive con nosotros, cambia como nosotros… Representa la sensibilidad, la personalidad”.
Es prioritario el debate entre la educación humanística, que cada día se va relegando, y la formación técnica especializada. Oppenheimer piensa que el déficit educativo actual no es en filósofos, sino en ingenieros, mecatrónicos y científicos especializados en nanotecnología. Steiner, por el contrario, considera que el sistema educativo, que no ha abandonado totalmente la ciencia, sí puede crear en el futuro nuevos Newton, Einstein, Darwin, pero no nuevos Shakespeare, Mozart, Beethoven, ni un Miguel Ángel, ni un Dante, ni un Cervantes. Las grandes transformaciones sociales, científicas y políticas han sido conducidas por humanistas y científicos con elevados niveles de conocimiento de la filosofía, la historia, el arte. Hoy hay millones de científicos, altamente especializados, pero es escaso el nivel de generación de conceptos y teorías que tengan impacto original en la concepción del mundo. Los cambios conceptuales en física, matemáticas y biología que tuvieron lugar en el tránsito del siglo XIX al siglo XX fueron producto de unas pocas decenas de pensadores con una visión del mundo que no se limitaba a su área de especialidad.
El debate en Colombia entre la educación científico-humanística y la tecnológica parte de unas premisas discutibles. Se afirma, de acuerdo con Oppenheimer, que se requieren menos profesionales con formación humanística —teóricos, les dicen en forma despectiva— y deben formarse más técnicos, que así lo ha hecho Alemania. Olvidan que un técnico alemán tiene una formación que supera muchas veces la de un ingeniero colombiano. Por otra parte, la decisión de optar por una formación técnica o una profesional debe ser totalmente del estudiante y no determinada por el ingreso o la riqueza. Para los gobiernos, estimular las carreras de dos o tres años es una forma fácil de reducir sus compromisos con la educación integral, una educación no sólo para el trabajo sino para la vida. Ante la realidad de una educación básica y media entre mediocre y mala, la solución que está tomando fuerza es reducir los años de educación universitaria. Esto es paradójico. La razón puede ser que el Estado sólo aporta a las carreras de pregrado de tres o cuatro años; las maestrías corren por cuenta del estudiante. Si se analizan los niveles académicos de una maestría actual, son similares o inferiores a los de una antigua carrera profesional de cinco años.
Por otra parte, ¿cuántos técnicos están hoy presentes en los centros de decisiones donde se definen las políticas públicas?