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Ficción

10 de junio de 2015 - 09:19 p. m.

Las tiras cómicas de los superhéroes, y las buenas películas de ciencia ficción, han motivado a un mayor número de jóvenes a estudiar física que las bien intencionadas y aburridas políticas gubernamentales para estimular los estudios de ciencias.

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Las primeras aventuras de Supermán mostraban que cuando no podía evitar una catástrofe, volaba a una velocidad superior a la de la luz, llegaba al pasado y allí resolvía el problema. Las actuales leyes de la física no permiten que un objeto masivo supere o iguale la velocidad de la luz: requeriría una energía infinita y en física no existen los infinitos. Un día Supermán piensa que el asesinato de Lincoln es una vergüenza para la historia, viaja al pasado y captura al asesino. Cuando regresa al presente busca los libros de historia y en ellos se sigue narrando el crimen. Se da una explicación: tal vez en otro universo se evitó la tragedia, pero no en este. Años después, los físicos Hugh Everett y Bruce de Witt, empleando la teoría de la relatividad general y el principio de incertidumbre de la teoría cuántica, formulan la teoría, altamente especulativa, de los universos paralelos, los cuales se están creando permanentemente sin comunicación entre ellos. No es en rigor una teoría científica, así no contradiga las leyes de la física, pues no existe ningún experimento real o mental que pueda probar su falsedad.
En la novela de Julio Verne Viaje a la Luna, un inmenso cañón envía un cohete tripulado a este satélite. En teoría puede ser posible, el problema es que para alcanzar la velocidad de escape en el cañón la aceleración supera cientos de veces la gravedad y los astronautas quedarían apachurrados.

Con seguridad las películas de invasiones de alienígenas han estimulado la búsqueda de vida en otros sistemas planetarios. Hoy, gracias al avance de la espectroscopia, se han detectado cientos de planetas en otras estrellas que podrían albergar vida como la conocemos. Las distancias son tan grandes que, con las tecnologías de los terrícolas que sólo logran velocidades en naves espaciales de 30 km por segundo, los tiempos de viaje superan los 50.000 años para llegar a la estrella más cercana. A menos que una supercivilización pueda mantener abiertos “los agujeros de gusano”.

El capitán Spock, de la serie Star Trek, soluciona la falta de combustible: emplear los rayos láser como propulsores. Excelente idea. La velocidad del rayo es la de la luz, con lo cual, con algo de masa, le daría un fuerte impulso a la nave. El problema es que aún no existe la forma de almacenar fotones con suficiente energía para que tengan una masa equivalente de un gramo. La idea es acertada, se podrían obtener velocidades de naves miles de veces a las actuales.

Películas, de culto, como 2001 Odisea del espacio, en la cual Arthur Clark, el inventor de los satélites geoestacionarios, fue el asesor científico, motivaron (como la serie Cosmos) el ingreso de jóvenes a los estudios de física e informática.

El guion de la película Interstellar, dirigida por Christopher Nolan, fue asesorado por Kip Thorne. Este astrofísico, junto con Wheeler y Misner, crearon los términos agujeros negros y agujeros de gusano. Thorne, en el libro de Science of Interestellar dice “cumplo un deseo: transmitir a la siguiente generación mi mensaje de belleza, la fascinación y el poder de la ciencia”.

 

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