El periódico satírico y virtual Actualidad Panamericana escribía que cuando los taxistas atacaban a un carro que creían que era Uber, gritaban: “Uldarico es grande”. Uldarico es uno de los dirigentes del gremio de taxistas.
Las medidas propuestas por el alcalde Peñalosa harán modificar su grito de batalla: “Peñalosa es grande y Uldarico es su profeta”. Restringir la posibilidad de movilizarse en un carro particular en las horas pico tiene como efecto inmediato aumentar la demanda por el uso del taxi. Así, se genera un aumento del valor de la licencia para operarlo. Este “impuesto” no lo recaudan los municipios ni la Nación; enriquece a los dueños de las licencias y a quienes tienen la habilidad de obtener que autoridades amplíen el número de estas.
En las comunidades en las cuales las autoridades cumplen el objetivo de mejorar el bienestar ciudadano y no aumentar los niveles de insatisfacción, se restringe el uso del carro particular cuando hay una oferta aceptable de transporte público; este no es el caso de Bogotá.
La capacidad de transporte de Transmilenio está saturada y no solo en las horas pico. Si se reduce la oferta de vehículos en esas horas, ¿como se va a transportar en un sistema que llegó al limite? No todos los habitantes pueden viajar en bicicleta, por limitaciones físicas o porque se sienten inseguros de que los atraquen, los atropellen o porque a veces llueve en Bogotá.
Nuestros gobernantes locales aducirán que existe la alternativa de movilizarse en taxi. Surge la pregunta: ¿por qué las autoridades creen que para ir de un punto a otro el taxi congestiona y contamina menos que un vehículo particular? La casi totalidad de los viajes en estos se realiza del garaje de la residencia al parqueadero más cercano del lugar de trabajo. En un taxi, este debe desplazarse a la vivienda y luego de dejar al pasajero seguir circulando para buscar otro usuario. El trayecto recorrido es mayor.
La opción de escoger el medio de transporte debe ser libre, cobrando sí los impuestos que compensen el impacto ambiental. El mercado no debe crearse con medidas represivas.
Peñalosa ha atrasado muchos años la construcción de un efectivo sistema de transporte para Bogotá, el metro. Petro, que no fue un modelo de eficacia administrativa, dejó terminados los estudios del metro subterráneo. Al actual alcalde no le gustaron y ordenó nuevos estudios que apenas se van a contratar. El diseño del metro elevado no le gustaba antes cuando decía: “las estaciones del metro elevado son feas, deterioran el entorno”. Hoy, para justificar su voltereta, dice: “metro elevado con luz natural, vista de ciudad y cerros, mucho más agradable para pasajeros que uno subterráneo” (Semana, edición 1810). El metro elevado sobre la Caracas inhabilita la casi totalidad de los carriles que posiblemente movilizan un número similar de los pasajeros que movilizaría el metro elevado. Es conveniente que el alcalde explique qué es lo que quiere y si sus cambiantes y erráticas medidas van en la dirección correcta. El secretario de Movilidad es un profesional, académicamente muy preparado en su área, ¿pero tendrá la posibilidad de cuestionar las imaginativas y poco sustentadas ideas de su jefe?
Nota final. La obra del deprimido de la 94 lleva más de seis años en ejecución, ¿es creíble que en el mismo tiempo se construya un metro?