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Hilvanar

15 de enero de 2014 - 05:19 p. m.

Por algunas razones —como pueden ser no ofender a los familiares del exitoso hombre de empresa que logró más de tres páginas de invitaciones a su entierro, no remover la herida de los sobrevivientes de los atroces asesinatos en el restaurante y en Medicina Legal o evitar mencionar las molestas relaciones entre el narcotráfico y algunas candidatas al Reinado Nacional de la Belleza—, los acontecimientos narrados en la anterior columna los periódicos los dejaron “en punta”. Una mínima investigación permitió relacionarlos.

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El herido abandonado en la sala de urgencias de la Clínica Shaio iba en la camioneta desde la cual atacaron la casa de uno de sus enemigos; al responder sus escoltas, lo hirieron. ¿Qué otra cosa podían hacer los ocupantes de la camioneta que abandonar a su jefe? Les era imposible explicar al personal de urgencias cómo sucedieron los hechos. No podían dejar morir al patrón ni abandonarlo a su suerte; les caería una venganza implacable. Optaron por dejarlo en la clínica, esperando que este gesto humanitario los preservara de retaliaciones futuras. De ellos no volvió a tenerse noticia alguna, ni del nombre o destino del habitante de la casa desde la cual se repelió el asalto de la camioneta. La prensa se limitó a decir, como es usual, que se trató de un “ajuste de cuentas”.

El asesinato del comensal del restaurante especializado en trucha y comida mediterránea tuvo una explicación muy diferente a la del robo del carro. Era un prestigioso arquitecto, profesional de conducta intachable, pero asumió uno de los mayores riesgos personales, ante el cual, por ejemplo, atravesar el cañón del Colorado en una cuerda floja sin malla de protección es una actividad exenta de peligro. Olvidándose de los oportunos consejos de familiares y amigos, decidió, como dicen los jóvenes, “salir” con la prometida, amiga o lo que sea de un personaje que ejercía actividades legítimas y otras ilegítimas pero muy lucrativas. El arquitecto se sobresaltó cuando vio entrar al restaurante a personajes, seguramente, con caras amenazantes. Algo temía. Les ofreció las llaves de su carro con la esperanza de que ese pago superara al que el celoso novio les había prometido. No valió este gesto ni el tratar de protegerse debajo de la mesa. La prensa informó del robo como móvil del crimen, pero al otro día el carro apareció abandonado, desvirtuándose esta motivación. Los sicarios no pensaban robarse el carro; les fueron ofrecidas las llaves, pero temieron que esto los hiciera más visibles. No hay información de si fueron o no capturados. El asesinato de los familiares, uno de ellos la hermana del arquitecto, correspondía a los niveles de criminalidad de las mafias colombianas, que, a diferencia de las italianas, sí mataban mujeres y familiares de los que consideraban sus enemigos.

En alguna ocasión traté de buscar la causante, sin proponérselo, de esta serie de crímenes: la candidata al reinado. Me dijeron que vivía retirada en una casa campestre que había heredado unos recursos que le permiten un buen pasar; no volvió a conceder ninguna entrevista ni incursionó en el modelaje. La boa que era su exótica mascota desapareció y no se sabe si fue reemplazada por otra menos complicada de mantener.

En las invitaciones al entierro del empresario inmobiliario no aparece la de su antiguo amor. Ella ya había desaparecido de su vida.

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