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Ilusión

21 de agosto de 2013 - 04:18 p. m.

El principal activo personal o familiar es la vivienda.

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Con el fondo pensional constituyen la casi totalidad del ahorro privado. Colombia, como otros países con subsidios directos, estímulos fiscales o transferencia de recursos, incentiva este tipo de inversión, así se acrecientan los activos privados y se reduce la presión de gasto público al envejecer la población.

Si el precio de la vivienda nueva o usada crece por encima de la inflación, se producen las “burbujas” que al reventarse causan crisis financieras con los consiguientes estragos a la economía. La última crisis hipotecaria en Colombia creó una “vacuna” para reducir el riesgo de repetición. Los proyectos de vivienda se inician cuando se tiene el punto de equilibrio, disminuyendo la financiación al constructor, y el comprador ya no busca la financiación del 80 o 90% del valor de la vivienda, pues generalmente cuenta con un ahorro programado; esta política reduce los riesgos financieros cuando se produce un descenso en los precios, que se ajustan a una realidad económica.

Las alzas recientes en el precio de la vivienda crean la sensación de una mayor riqueza en los propietarios, a la vez que hacen más lejana la posibilidad de acceder por primera vez a la propiedad. Las bajas tasas de interés compensan, en parte, los mayores precios. La sensación de mayor riqueza es una ilusión para quienes invierten en vivienda para su propio uso y no con el ánimo de comprar y vender. Piénsese en una familia que compra una casa por $200 millones y hoy vale $400. ¿Es más rica? En realidad, no: su estándar de vida por efecto de la valorización no se modifica, por el contrario, se hace más vulnerable a las políticas tributarias de catastro, impuesto predial, cobros por valorización, etc. Si va a vender su vivienda para comprar otra, encuentra lo obvio: que la otra con seguridad se ha valorizado más que la propia, es decir, su poder adquisitivo disminuye. No se ha producido mayor riqueza. Esta sí se da cuando en el entorno se construye un parque o al menos se amplían las zonas verdes, o nuevos y modernos sistemas de transporte públicos y privado disminuyen el tiempo perdido de desplazarse.

En Bogotá, nada de esto se está dando. Las imaginativas medidas del burgomaestre sobre desarrollo urbano han logrado paralizar y encarecer la construcción. El complejo de adanismo del alcalde impidió la construcción de la ALO, que descongestionaría de vehículos pesados las ya saturadas vías arterias. Su idea de utilizar los terrenos adquiridos para esa vía montando complejos educativos y culturales con sistemas de rodamiento que permiten su desplazamiento, no se dio. De haber funcionado tan sorprendente iniciativa al menos se impulsaría el turismo, en caso contrario, porque no existe en el mundo la tecnología adecuada, al menos se hubiera estimulado el turismo académico, como un ejemplo de cómo una sociedad con tantas necesidades malgasta los recursos. El aeropuerto de la capital no tiene terminal de transporte masivo, otra falencia de nuestro locuaz burgomaestre.

Al fin se concluyó la terminal de transporte en el Museo Nacional, pero tiene el mismo uso que el puente sobre la 103: ninguno. El proyecto de tener un sistema de transporte electrificado o no por la carrera 7ª, anunciado para diciembre, quedó en palabras. Sería mejor tuitear menos y ejecutar más. No hay realizaciones que justifiquen una real valorización de la vivienda.

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