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Las hogueras

17 de diciembre de 2008 - 07:13 p. m.

CONFÍO MÁS EN UNA PERSONA QUE va a una biblioteca y pide libros para leerlos que en quien los solicita para quemarlos. Escuché esta acertada frase en el pasado debate sobre el nombramiento del Procurador.

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Libros y bibliotecas, siempre se han quemado. Fernando Báez, en su obra Historia Universal de la Destrucción de Libros, recuerda que en el mismo sitio en que empieza la cultura Sumer, allí también empieza la destrucción de libros. Es bueno mencionar que los primeros, que estaban escritos en arcilla, desaparecieron por causas naturales y por la mano del hombre. Esto los salvó de la hoguera. En el mismo lugar, 5.300 años después, se produjo la mayor destrucción de un archivo histórico de la humanidad, 10 millones de documentos, algunos que datan de la época sumeria fueron arrasados como efecto colateral de la invasión “civilizadora” de las tropas estadounidenses en el año 2003. La Biblioteca Nacional de Bagdad fue saqueada, y Báez cita la lapidaria frase del Secretario de Defensa de los Estados Unidos: “La gente es libre de cometer fechorías y eso no puede impedirse”.

Los fundamentalistas y los regímenes  totalitarios, sean de izquierda o derecha, son proclives a quemar los libros; basta recordar la Alemania nazi; más recientemente, en 1999, en Cuba se destruyeron libros donados por España, debido a que acuciosos funcionarios del gobierno encontraron entre ellos textos con la Declaración de los Derechos Humanos de 1948. En otras latitudes tampoco soportan los Derechos Humanos ni a sus defensores.

Uno de los mejores libros de Saramago, El Evangelio según Jesucristo, sufrió el fuego purificador en Cartago. La historia me la contó Julio Mendoza: como buen lector, les regaló a sus tías el libro; a las pocas páginas de lectura lo encontraron merecedor del castigo, lo quemaron en el patio de su casa. El sobrino salió bien librado, no lo quemaron a él.

La biblioteca de Alejandría también fue quemada y saqueada, pero no por los árabes musulmanes. Cuando éstos llegaron ya no existía. La quemaron los romanos y los cristianos. Empieza Aureliano, en el 273, complementan la tarea Diocleciano en el 297, y Teodosio en el 391. En el inventario enviado a Omar I, segundo sucesor de Mahoma, se incluyen los baños, palacios, teatros de Alejandría, pero no la biblioteca. La frase atribuida no tiene sustento histórico. La leyenda le asigna la frase. Si los libros dicen lo que está en el Corán, sobran, si se oponen a Él, no pueden existir.

Es bien posible que la destrucción final de la biblioteca haya ocurrido en el año 415, instigado por el patriarca Cirilo, el mismo que promovió la tortura y muerte de Hypatia, la hija de Teón el bibliotecario, la más grande matemática del mundo helenístico.

No es obligatorio comprar ni leer libros que a uno no le gustan; lo que sí es censurable es quemarlos, o impedir que otros los lean. No me gustan los libros de autoayuda, simplemente no los compro; ni los doy de regalo. Si algún despistado me regala un libro de autoayuda, me pone en aprietos, no puedo reciclarlo como regalo, pues está en contra del principio arriba enunciado; por la misma razón no puedo quemarlo; lo único que puedo hacer es conservarlo y esperar que alguien lo vea y diga: “¿me lo presta?” Lo cual es bien improbable. Tengo pocos amigos o conocidos con esos gustos literarios.

P.D.: Por vacaciones esta columna desaparece las próximas semanas.

Rector, Universidad Jorge Tadeo Lozano

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