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Peñalosa en su laberinto

02 de febrero de 2011 - 10:00 p. m.

HACER POLÍTICA REQUIERE DE alianzas, buscar y aceptar apoyos. No todos son “políticamente correctos”, el apoyo de una fracción del Polo a la elección de un procurador situado al otro extremo del espectro ideológico, fue por lo menos exótico, o se buscó un fin burocrático.

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Algunos síntomas de “encrucijada del alma” debe estar sintiendo Enrique Peñalosa; fue un buen alcalde, ejecutó bien los recursos heredados de la privatización de la Empresa de Energía, el resultado: las bibliotecas, las mejoras en los parques, la construcción de escuelas públicas con altos niveles de calidad y dotación y, por supuesto, Transmilenio.  El afán de inaugurar la primera ruta lo llevó a aceptar técnicas de construcción no probadas, hoy 10 años después se siguen sufriendo las incomodidades y asumiendo costos del cambio de las losas. Molesta, a algunos, el fundamentalismo contra el uso del carro particular; hay más de 1’200.000 carros privados en Bogotá; a diferencia de lo que ocurría hace tres décadas, el vehículo privado no es un privilegio de las clases altas o medias altas.

Se cuestiona su enfoque de creer que si un ciudadano se desplaza del sitio A al B en su carro, lo hace por congestionar o contaminar; la gente, en general, se transporta en las zonas urbanas, por necesidad no por gusto.

Para lograr nuevamente la Alcaldía, Peñalosa ve con simpatía el apoyo de Álvaro Uribe, pero a la vez es directivo del Partido Verde. Este partido tiene entre sus principios el “no todo vale” y “el fin no justifica los medios”. El gobierno de Uribe simboliza la negación absoluta de esos principios. Para buscar la primera reelección no dudó en recurrir a las peores prácticas clientelistas, para la segunda, la ilegal recolección de firmas no le mereció ninguna censura. Para buscar debilitar a las Farc, propósito totalmente legítimo, no dudó en limitar los derechos de los ciudadanos que no eran ni simpatizantes ni apoyaban la guerrilla. Para el logro de sus fines autoritarios no vaciló en descalificar la oposición asimilándola a los grupos armados ilegales. El empleo de los organismos de seguridad del Estado para perseguir a quienes no comulgaron con sus ideas, es una vergüenza que pesará sobre el país. Para congraciarse con Bush y de paso poder visitar su rancho, apoyó la guerra contra Irak justificada con mentiras, ¿qué responsabilidad política le cabe por las torturas, por la violación a los derechos humanos y por los cientos de miles de muertos civiles en esa guerra? Hasta ahora no se le ha escuchado ningún repudio a las violaciones del derecho de gentes. Colombia fue el único país suramericano que apoyó la tesis de la guerra preventiva que echa por tierra la posibilidad de paz entre las naciones.

Por supuesto que Uribe tiene todavía alto potencial electoral que puede endosárselo a Peñalosa; ¿cómo conciliar este apoyo con los principios del Partido Verde? Un político cínico no tendría ningún problema en aceptar cualquier apoyo, así esté en contravía con sus convicciones. En su carrera política Peñalosa ha demostrado coherencia y no es un político cínico. En estas condiciones se encuentra en una verdadera encrucijada. Buscar y recibir el apoyo electoral de quien encarna los principios contrarios a su partido, o no aceptar atajos y buscar con mayores dificultades los votos que le permitan cumplir su objetivo.

 

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