LOS PRINCIPALES PARÁMETROS que determinan la temperatura de la atmósfera son: la constante solar, que mide la energía radiante que llega a la Tierra proveniente del Sol…
LOS PRINCIPALES PARÁMETROS que determinan la temperatura de la atmósfera son: la constante solar, que mide la energía radiante que llega a la Tierra proveniente del Sol; el albedo, que mide la radiación reflejada por la Tierra al espacio —los casquetes polares y la nieve tienen un valor del albedo cercano a la unidad, una superficie negra tiene un valor cercano a cero—; y, finalmente, la absorción de la atmósfera, que mide la radiación reflejada a la Tierra. Este último parámetro se modifica de acuerdo con los niveles de gases de invernadero que contengan las capas atmosféricas. Simplificando: si el albedo sube, la temperatura atmosférica desciende, si la absorción atmosférica sube por efecto de mayor concentración de anhídrido carbónico (CO2) y metano (CH4) la temperatura asciende. La constante solar varía por efecto de la mayor o menor actividad solar y ésta se puede observar por las manchas solares y por la interferencia en las comunicaciones.
Para reducir el efecto de invernadero y así controlar el aumento de la temperatura, los expertos proponen dos líneas de acción. La primera consiste en reducir la concentración de CO2 y CH4 en la atmósfera limitando el uso de combustibles fósiles, o retirando los gases de efecto de invernadero mediante procesos químicos. La segunda es confinar este gas en cavernas herméticas. Esto significa aumentar el albedo de la Tierra. Un procedimiento simple, de bajo costo y sin efecto colateral que consiste en pintar los techos y las paredes de los edificios de color blanco, tal como lo hacen los pueblos mediterráneos. Así, con la extensión en la atmósfera de partículas del tamaño de milésimas de milímetro llamadas aerosoles, se logra dispersar la radiación.
Las medidas de reducción del contenido de gases de invernadero en la atmósfera permiten atenuar en el curso de unas décadas la tendencia a la elevación de la temperatura. Pero la menor concentración de CO2 baja la tasa de crecimiento de las plantas al existir menos “materia prima” para producir, por fotosíntesis, las moléculas que van formando el tallo y el fruto.
Por su parte, la reducción de la temperatura por cambios en el albedo manteniendo las elevadas concentraciones de gases de invernadero en la atmósfera, tiene también consecuencias. Por ejemplo, se puede provocar lluvia ácida si los aerosoles son sulfatos. Además, los altos niveles de anhídrido carbónico en la atmósfera aumentan la disolución de este gas en el océano, lo cual acidifica el agua. Los resultados sobre los sistemas coralinos son alarmantes. Al acidificarse el agua se impide la calcificación de los corales y moluscos. Se estima que de duplicarse el nivel de anhídrido carbónico en la atmósfera, la formación de conchas se hará inviable.
Algunas especies ya han perdido su capacidad respiratoria. De hecho, se ha observado reducción del ciclo de vida de la estrella de mar. También se ha detectado blanqueamiento en los corales de las Islas del Rosario y es bien conocida la degradación de la Gran Barrera de Arrecife de Coral de Australia. De continuar la tendencia, en pocas décadas los corales serán tan frágiles que pueden colapsar incluso por impactos ligeros. La decoloración de los corales expulsa las algas simbióticas que permiten la alimentación de los arrecifes. En los mares tropicales casi la totalidad de las especies tiene como hábitat los corales. En definitiva, la acidificación multiplica el daño ambiental y económico.
* Rector Universidad Jorge Tadeo Lozano