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Tres preguntas

09 de febrero de 2011 - 10:00 p. m.

UN ACADÉMICO Y EMPRESARIO QUE incursionó con éxito en la política electoral, se retiró al poco tiempo de ejercer como congresista, alegando que no podía responder tres preguntas frecuentes que se le formulan.

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Primera. ¿Se acuerda de mí? Es casi imposible responder que sí, sin mentir. ¿Cómo recordar miles de personas que encuentro en mítines, foros, pasillos del Congreso, mesas de votación, etc.? Inicialmente optaba por contestar, claro que me acuerdo de usted, pero luego veía que se exponía a la mortal contra pregunta: ¿Cómo me llamo? La angustia que esto le producía fue minando su decisión de persistir en la búsqueda de votos para lograr una nueva elección.

Segunda. ¿Cuándo va por allá? La palabra “allá” era un lugar geográfico que podía ser un departamento, una ciudad, una vereda, una casa. Era imposible saberlo. Por supuesto no podía preguntar ¿adónde?, pues ofendería a su interlocutor y si éste era un cacique local el resultado era la pérdida de un caudal de votos, lo cual pondría en serios aprietos su reelección.

Tercera. Esta era la más terrible y desafortunadamente la más frecuente ¿qué hubo de aquello? Qué podría significar, aquello, un favor, una intriga, una solicitud para conseguir una cita, obtener una beca, una recomendación para una vacante. ¿Cómo saberlo? Tratar de buscar información adicional sólo contribuiría a confirmarle al elector que se había olvidado de, aquello, algo significativo para él y que por ende el beneficiario de su voto no le había otorgado la importancia debida.

La solución que tomó fue abandonar la política y dedicarse de lleno a su cátedra y negocios particulares. Manifestaba, con un aire de nostalgia, por qué nunca le preguntaban sobre el trámite del proyecto de ley del cual era ponente. Sobre su posición en la próxima, siempre hay una próxima, reforma tributaria. Si iba a votar la ley de amnistía, o si se declararía impedido, considerando que uno de sus familiares fue víctima del secuestro. Nada de eso ocurría, sino sólo la repetición ad infinítum de las tres preguntas para las cuales no tenía la respuesta.

Merecen toda mi admiración los políticos, que no sólo pueden contestar sin titubear las tres preguntas, sino que también envían saludos a los familiares del inquisidor, precisándole nombres y, para mayor prueba de memoria y de interés, la fecha del cumpleaños del receptor del mensaje.

He sido profesor por más de 50 años, por lo tanto, me han sufrido miles de alumnos. De tiempo en tiempo me saludan con la pregunta que me llena de pánico: ¿se acuerda de mí? Por supuesto que no. Se me olvidan las caras y los nombres no fluyen a mi memoria, por lo cual es casi imposible acertar a la respuesta. Puede ser más fácil contestar el examen de admisión para el ingreso a la Universidad de Tokyo.

No voy a culpar a mi herencia genética de la dificultad de asociar los nombres con las caras. De mi padre heredé limitaciones auditivas y de mi madre las visuales. Vivían en una ciudad mediana, Manizales, la costumbre era caminar y hacer visitas en la calle, en múltiples ocasiones después de una animada charla; cuando se retiraba el interlocutor, mi mamá preguntaba ¿quién era? y mi papá respondía ¿qué dijo?

Además de la falta de electores, la imposibilidad de responder adecuadamente las fatídicas preguntas me mantuvo alejado de la política electoral.

* Rector Universidad Jorge Tadeo Lozano

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