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Novela con fantasma, río y tumbas

19 de marzo de 2020 - 12:00 a. m.

Cómo contar la historia de un dolor. Una que reviva el horror de cierta familia, como las muchas familias que han padecido la violencia, las violencias. Una que, desde la primera página del libro que la cuenta, confirma que es verdad, que así sucedió y que le fue narrada por uno de sus protagonistas al autor para que la contara. “Sigo acordándome de que, luego de soltarme su tragedia y su milagro, me dio las gracias y cambió de tema como si este libro fuera un hecho”.

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El libro es un hecho. Se llama Río muerto y es la última novela del joven y consagrado escritor Ricardo Silva Romero. Al concluir su lectura queda una sensación agridulce. El haber recibido un golpe que le saca a uno el aire, el haberse sumergido dentro del remolino de la cruda realidad. Pero también queda la certeza de estar ante un libro que va a permanecer como referente de la literatura sobre la violencia que asoló al país durante el conflicto armado. “Estoy contando lo que me contaron tal como me lo contaron: que a Salomón Palacios lo fusilaron a unos pasos de su casa y murió y fue una cosa sin nombre entre la cerrazón hasta que volvió de la muerte”.

La trama se desarrolla en un pueblo perdido. “De los 3.931 habitantes del corregimiento de Belén del Chamí, que «Chamí» es «cordillera» en la lengua embera, más o menos la mitad sobrevivía a duras penas. Pero dígame usted qué se puede esperar de un lugar que no está en el mapa”. Como Macondo, tampoco lo va a estar. Porque Belén del Chamí es la suma de todos los pueblos que han padecido el conflicto armado, que pasaron de sufrir primero la violencia del Frente 99 a sufrir luego la violencia del Bloque Fénix. Donde el comandante Triple X mandó a poner una valla: “«No hay imposibles sino falta de güevos» y volvió la guerra”. Donde el río que baña al pueblo, de tanto cadáver que bajaba, pasó a llamarse Río Muerto.

Hipólita, la viuda, y los dos hijos, Maximiliano y Segundo, esperan un futuro incierto dentro de un presente en el que conviven con el fantasma de Salomón, quien “a pesar del pavor y la vergüenza que le daba morir por de malas y por terco, tuviera claro que el hombre hace bien en estar de acuerdo con su destino (…) los encapuchados tenían era un par de tizones que resultaron ser un par de fusiles (…) y volvió antes de completar la eternidad a ver su cadáver como quien ve en el piso de la pieza la ropa de ayer”.

¿Qué puede hacer una viuda con dos hijos menores, hastiada de la violenta realidad que le arrebató al marido? ¿Qué puede decidir, cuando todo parece decidido por el destino y no escucha, o no quiere escuchar, los urgentes mensajes que manda el fantasma de Salomón a través de Polonia, la vidente/bruja del pueblo: “dígales que la vida va a salirles bien lejos de acá (…) dígales que yo puedo acompañarlos el resto de la vida siempre que me necesiten, dígale a Hipólita «haga caso», dígales «váyanse ya»”.

“Todos somos víctimas o asesinos y aceptamos estos papeles voluntariamente (…) en cualquier relación existe una dinámica víctima-verdugo expresada con mayor o menor claridad y generalmente vivida a nivel inconsciente”. Esta aparente paradoja, la dicotomía entre la víctima y su verdugo, que marca, y de qué manera, la trama de esta historia, fue mencionada por Primo Levi, sobreviviente del Holocausto, en su trilogía sobre Auschwitz al recordar una frase de la directora de cine Liliana Cavani.

Surge entonces la necesidad de conocer al autor y preguntarle si de verdad los personajes existieron, si todo lo que narra es real, con el deseo de que no lo sea. Que su prolífica imaginación, sumada a su habilidad como escritor, estén detrás de esa desazón que atenaza al lector. Pero uno recuerda en La historia oficial del amor que “todo lo que se lee aquí es verdad (…) pero también es ficción porque nadie lo creería de otro modo”, y no hay duda de que esa sería la respuesta de Silva Romero.

Al terminar la lectura, y a pesar de los pesares, un halo de esperanza envuelve al lector al releer una frase al inicio del libro, cuando el autor, frente a la historia que le cuenta quien la padeció, dice: “sigo preguntándome cómo habrá hecho para ser la persona seria, de buen humor y de buen corazón que ha seguido siendo”.

Por José Luis Ramírez León

Abogado, analista internacional, profesor, periodista y diplomático. Colabora con varios medios de comunicación, nacionales e internacionales, así como diversos pódcast. Fue asesor del secretario general de la OEA y secretario general de la CAF.
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