Es muy probable que Roma, la última producción de Alfonso Cuarón, se convierta en una película de culto. De esas que ganan fieles y malquerientes por igual. En el último caso, bien sea por la lentitud de ciertas escenas, por el formato en blanco y negro o porque no pasa nada, aunque pase todo. Precisamente, en esos tres elementos, en su aparente sencillez, es donde radica el detalle de su grandeza.
La película, autobiográfica, se desarrolla en el México de 1971, en la colonia Roma, un barrio de clase media en el DF. Todos los detalles de época fueron recreados con precisión de filigrana por un exigente Cuarón, que incluso logró revivir el interior de su casa de infancia. Allí donde su padre, médico, decidió separarse de su madre y de los cuatro hijos para siempre. Allí donde viven, además de la abuela materna, Cleo, la empleada doméstica y su compañera de la cocina. Cleo representa a Liboria Rodríguez, Libo, a quien está dedicada la cinta. Cleo/Libo es objeto de este homenaje destinado a visibilizar a los cientos de miles de empleadas que fueron, o siguen siendo, parte esencial del hogar, pero que suelen ser invisibles o pasar desapercibidas, a pesar de su intensa e incansable labor. Cleo/Libo es, fuera de empleada, fuente inagotable de un amor que está siempre ahí, al alcance de un gesto de afecto.
Yalitza Aparicio, quien interpreta a Cleo, no necesita hablar mucho. Sus ojos, y las facciones de su cara frente a cada una de las situaciones de su día a día, lo dicen todo. Yalitza es profesora y se presentó a hacer el casting como un favor a su hermana. Ella y su amiga Nancy García terminaron encarnando a la sirvienta y la cocinera de la casa. Verlas, con la naturalidad que emanan, es uno de los grandes logros. A pesar de su inexperiencia como actriz, no hay una sola escena que no parezca completamente real. Es decir, que más que actuar Cuarón las dejó ser. Y lo fueron.
La fotografía es, en sí misma, un poema. La cámara no es un aspecto técnico más, sino, como lo dijo el director, un elemento central del diálogo. Es en esas tomas largas o en las escenas donde aparentemente no sucede mayor cosa, donde la cámara mueve la nostalgia para comprender todo lo que está aconteciendo. Otro aspecto importante es el momento histórico. Un México que vivió ese año el Halconazo, cuando grupos paramilitares, entrenados para el efecto, ocasionaron más de 300 muertos en una marcha estudiantil, a tres años de la de Tlatelolco.
Lo cierto es que Roma penetra, y de qué manera, hasta ese inconsciente colectivo de todos aquellos que en Latinoamérica crecimos en una familia de clase media donde la empleada doméstica fue un integrante más de la familia. En mi caso, en mi casa, la ciudad fue Bucaramanga, el barrio, Cabecera del Llano, y ella se llamaba Presen, Presenta o Presentación Landazábal. De ahí que cada espectador ante la pantalla de su computador o del televisor, dado que solo está disponible inicialmente en Netflix, se sienta llevado hacia su propio pasado, sus espacios familiares, a esos recuerdos que estaban por allá almacenados y que vuelven desbordados con su carga afectiva. Es, también, un homenaje al cine que nos marcó de jóvenes. A la música que aún hoy se recuerda con nostalgia.
En un libro de Jane Hope Blume se expresa algo que bien podría ser el mejor análisis de la película: “el tema principal de este libro es el lenguaje del alma, por lo general expresado en términos enigmáticos y simbólicos. No podría ser de otra forma, ya que las verdades profundas, a las que solo se accede con la imaginación y el mito, no se descubren con el poder analítico del intelecto. La alegoría revela más que cualquier análisis, y la imaginación mucho más que la descripción literal (…) esto suena simple, pero las cosas sencillas son siempre las más difíciles”. Bienvenidos a Roma.