Nada más sorprendente, posiblemente por la incoherencia de su planteamiento o por lo desafinado con respecto a su propia manera de actuar, que el más reciente discurso del presidente Raúl Castro en el XX Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba en febrero de este año.
Confieso que cuando lo leí se me alcanzaron a parecer a las tesis del desarrollo que tenía Álvaro Gómez Hurtado, y de las cuales desafortunadamente nunca aprendimos. De los planteamientos allí expresados sobresalen cinco que vale la pena resumir.
El primero afirma que el sistema salarial cubano actual no satisface todas las necesidades del trabajador y su familia, para a continuación señalar que es indispensable revisarlo e introducir mecanismos de motivación (tradúzcase: incentivos) que eviten la ausencia de interés de los trabajadores en Cuba por llegar a cargos directivos, pues normalmente ello les implica una menor remuneración.
El segundo dice que Cuba carece de un sistema salarial que, a través de bonificaciones atadas a los resultados, eleve la productividad del trabajador. Entiéndase todo lo contrario a lo que los maestros sindicalizados de la educación básica han querido, y es que sus evaluaciones no definan las remuneraciones, de forma tal que se dificulte un mayor nivel de productividad académica.
El tercero expresa que el salario medio no puede crecer más rápido que la producción de bienes y servicios porque se corre el riesgo —pasa en Cuba y ahora en Venezuela— de efectos fatales para la economía al, textualmente, “comerse el futuro” y aumentar irracionalmente la deuda externa, generando inestabilidad a causa de una inflación galopante.
El cuarto es un principio esencial para el futuro de Cuba: que para distribuir riqueza, primero hay que crearla, y para hacerlo es indispensable elevar la productividad y la eficiencia. El quinto dice que es necesario en la labor sindical despojarse de la vieja mentalidad paternalista, igualitarista, de gratuidades excesivas y de subsidios indebidos.
Al final, como borrando con el codo lo acertado que escribió con su mano, expresa su apoyo a la Revolución bolivariana de Venezuela y reconoce en el “compañero” Nicolás Maduro a un hombre inteligente (sic) del cual destaca la firmeza con la cual ha actuado en su compleja crisis.
Semejante discurso de cinco puntos contrasta radicalmente con la realidad cubana. Basta viajar a esta cercana isla para constatar una nación en donde se viven formas distintas de miseria humana (incluida la de profesionales que son infelices a pesar de su educación), el atraso en tecnología e infraestructura, el congelamiento de un país en los años 40 o 50 como si fuera normal, la insatisfacción social que no se expresa pues nunca se ha conocido la diferencia de vivir mejor, las serias restricciones a las libertades humanas, la ausencia de competitividad y productividad, la inutilidad y debilidad de compra de la moneda local, entre otros asuntos.
Efectivamente, en Cuba, como ahora en Venezuela, se reparte pobreza y nadie tiene ni la motivación ni los medios para generar riqueza, por cuanto se han eliminado la propiedad privada y la libertad de empresa.
A este hecho sumemos la expresión de un reconocido empresario colombiano que afirma que en Nicaragua se cuenta con una política mucho más elaborada sobre la tierra que la que empieza a hacer carrera en Colombia. Aquí, por el contrario, todos los días hacemos más difícil la vida de los empresarios en los desarrollos agroindustriales, abusamos de las exigencias ambientales o de consulta a comunidades, pretendemos que el agro crezca a punta de microparcelas y nos molesta en cabeza de los sindicalistas cuando en salud o educación, o aún en muchos otros sectores productivos, se busca la eficiencia por la vía del incentivo o se motiva a través del establecimiento de mecanismos de ingreso atados a la evaluación de la productividad. De paso seguimos con un sindicalismo paternalista al que le encantan los subsidios y las gratuidades abusivas.
Pues bien, al sindicalismo colombiano le haría falta por lo menos una clase con el presidente Raúl Castro, a ver si algo les queda de estas nuevas cinco lecciones cubanas.
José Manuel Restrepo Abonado*
jrestrep@gmail.com / @jrestrp