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En defensa de Uber y similares

05 de septiembre de 2015 - 09:00 p. m.

En una conferencia reciente con académicos y directivos de la educación superior en Colombia, me sorprendieron dos intervenciones distintas, pero conectadas en lo que de fondo expresan.

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En una de ellas, un directivo universitario expresó que no veía un cambio trascendental en el sistema educativo con la aparición de nuevas tecnologías de información y comunicación y no encontraba mayor demanda ni interés por la nueva oferta de programas virtuales. La segunda intervención era la de un profesor universitario que recomendaba a los asistentes la necesidad de que las universidades bloquearan las señales y el acceso a datos en el aula de clase, como una estrategia para evitar el eventual riesgo de perturbar el proceso de aprendizaje.

Estos dos planteamientos demuestran el fastidio irracional a la nueva realidad del uso de tecnologías en un sector como el educativo. Pero ambas no difieren del mismo fastidio que produce un sistema como Uber, en el que una revolución tecnológica transformó el servicio de transporte.

La modernidad, como lo expresa, por ejemplo, The Economist en su más reciente especial sobre educación, convierte la aparición de los denominados MOOC (massive open online courses) en una oportunidad para multiplicar por tres o más la cobertura en la educación superior y con ello lograr más equidad. De forma similar, Uber es la expresión de una nueva modalidad de negocios mediada por la tecnología, en la que el servicio se acerca al consumidor final (B2C) y genera una revolución. Algo parecido fue la clave del éxito de una compañía como Dell, que en sus inicios llegaba con equipos informáticos directamente al comprador. O algo similar es la revolución de Netflix, cuando le permite al usuario tener acceso a videos o películas de forma directa y casi a la medida de los intereses o gustos personales.

La llegada de estos nuevos modelos de negocio se da porque, como en el caso de Uber, se ofrece un mejor servicio, se evita el problema de que el taxista se niegue al servicio, se impide el uso del “muñequito” para alterar la tarifa, se acaba la posibilidad de que el conductor deje al usuario a mitad del camino porque “hay mucho tráfico”, se recibe un servicio cordial, o simplemente se acaba con ese abuso de la compra y venta de cupos de taxis en las ciudades.

Algo similar ya está pasando en el sector financiero, en donde compañías como Lenddo o Lineru ofrecen servicios menos costosos, simples en trámites y más flexibles, por ejemplo, entregar créditos donde la valoración de la capacidad de pago se fundamenta en el uso de redes sociales, celular o correos electrónicos del potencial cliente, en lugar de un proceso burocrático, de trámites y papeles, que desconoce la vida real del potencial deudor. De desarrollarse este nuevo modelo financiero de negocios (Fintech), se puede empezar a desmontar el imaginario de un negocio bancario costoso e ineficiente. A lo dicho súmele muchos más negocios similares que ya llegaron en hotelería, tiquetes o distribución de mercancías.

Lo anterior habla de lo absurdo e anticuado que luce el oponerse a este nuevo norte y pretender, por ejemplo, por la vía de la regulación, restringir estos servicios o, peor aún, prohibirlos porque animan a una mayor competencia. México, por ejemplo, entendió este absurdo y permite hoy el uso de Uber, porque entiende que los mercados de servicios existen para generar bienestar en los consumidores, y no para proteger unos intereses casi monopólicos e ineficientes.

Es por ello recomendable proponer un camino distinto, en el que, con la tecnología en los distintos mercados de bienes y servicios, avancemos de la prehistoria a la modernidad y entendamos que el uso de medios virtuales y de tecnología puede ser un gran medio para romper con modelos oligopólicos, que afectan al consumidor final e impiden avanzar en el bienestar y desarrollo de los pueblos.

De postre: Ojo con el impacto de la tasa de cambio en los medicamentos, que ya genera elevación de precios y que con las medidas de control de precios generan también una inquietante escasez de más de 30 medicamentos esenciales, incluyendo algunos para cáncer de seno y anticoagulantes. El impacto puede ser fatal.

jrestrep@gmail.com / @jrestrp

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