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¿La brasilización de Colombia?

12 de diciembre de 2015 - 09:00 p. m.

Hay un país en América Latina que durante muchos años fue la estrella de la región.

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Una nación que demostraba éxitos en su política social activa, atraía la inversión extranjera con cifras récord y ordenadamente demostraba altas tasas de crecimiento económico, inflación controlada y una tasa de cambio fluctuante pero estable. En diez años logró duplicar su participación en el PIB regional, y crecía a tasas de más del doble de la región. En medio del optimismo, crecía en buena medida gracias a su mercado interno. En diez años también se reducía la tasa de pobreza extrema a menos de la mitad, la clase media era el 50 % de la población y los niveles de desigualdad cedían. Todo lo anterior se alimentaba en parte derivado del buen desempeño de los precios de los bienes básicos que dicha nación exportaba al mundo entero.

A finales de 2014 ya la situación de esa nación era otra. Para dicha fecha la inflación comienza a crecer desaforadamente, la economía comienza a frenarse y se reciben anuncios permanentes de pronósticos menos atractivos de crecimiento (hasta llegar a cifras del 2 % en dicha fecha). El exceso de gasto público y los costos del populismo elevaron el déficit fiscal (4 % del PIB) y llevaron a que el gasto fuese el 40 % del PIB. Para sostener el tren creciente de gasto, el gobierno adoptó el camino de elevar la tasa de impuesto sobre la renta hasta el 40 %, siendo uno de los sistemas más onerosos del mundo entero. El resultado fue una deuda que llegaba al 66 % del PIB y que agravaba la situación de inflación. Súmele a lo anterior un fenómeno de corrupción privada y pública.

Hoy dicha economía muestra niveles de inflación superiores al 10 %, tasas de interés que ya están cercanas al 15 %, un nivel de devaluación en el último año superior al 30 % y tasas de crecimiento negativo esperadas para el año 2015 que oscilan entre el -3% y el -4%. Como resultado de esta situación, que afectó gravemente a los consumidores internos, el gobierno se vio obligado a reducir la política social activa, generando un gigantesco descontento de la nueva clase media, que terminó por debilitar la imagen del gobierno de turno. Las protestas sociales no se hicieron esperar y hoy, quien fue el milagro de América Latina hace algunos años, parece el punto de llegada probable a quien se equivoque en el manejo macro y descuide las variables que dan estabilidad a una economía.

Lo que parece una película de terror para un país (Brasil), debiese ser motivo de reflexión interna y de preocupación por las cifras recientes de nuestra propia economía. El dato más reciente de inflación, que se acerca peligrosamente al 6,5 %, los déficits en cuenta corriente y fiscal, el crecimiento de mucho más del 30 % en la tasa de cambio, la desaceleración en el crecimiento y el aumento en la tasa de desempleo, son motivos suficientes para prender las alarmas en el manejo macroeconómico en Colombia.

Claramente no somos Brasil y probablemente no estamos tan cerca de esa difícil situación, pero tampoco es conveniente cantar victoria y esperar a que ese destino fatal nos llegue. Es urgente corregir el rumbo, frenar las expectativas al alza de precios, enfrentar urgentemente la reforma tributaria por la vía de nuevos ingresos y menos gastos, que no sigan aumentando exageradamente la tasa a quienes producen riqueza y propiciando una política de desarrollo productivo que motive el crecimiento del PIB, eleve la productividad, diversifique las exportaciones y prepare un nuevo modelo de crecimiento económico (alejado del tradicional modelo de bienes básicos).

Inevitablemente, y a corto plazo, ello debe dar lugar a una nueva elevación de las tasas de interés que puede llevarnos hasta el 6 % sabiendo que ello tiene límite, pues como en Brasil, puede llevarnos al peor de los escenarios, la estanflación. Es urgente en simultánea controlar el gasto público, ordenar las finanzas y generar nuevas fuentes de ingresos, y adicionalmente motivar las exportaciones reduciendo las barreras no arancelarias que nosotros nos imponemos.

De no hacer eso y algo más, la pesadilla de la “brasilización” de Colombia puede llegar a convertirse en realidad.

jrestrep@gmail.com / @jrestrp

 

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