El drama del campo colombiano, y por lo cual se dice que todos tenemos una deuda histórica, vive situaciones como la de El Viento (Vichada), en donde por décadas han sufrido dificultades de conexión vial con la población más cercana que tiene servicio de atención permanente en salud, y donde, a pesar de contar con un puesto de salud debidamente montado, no llega aún la prestación del servicio por parte de un médico o enfermero.
Ante una enfermedad o accidente grave, no queda otro remedio que morirse en el camino a Puerto Gaitán durante unas 6 horas, o aguantarse el dolor. En otro escenario de nuestra geografía, el caserío de Loma Arena, entre Barranquilla y Cartagena, el desarrollo económico es tan débil que a la juventud del pueblo no le queda otro camino que dedicarse al microtráfico o al consumo de alcohol (cerca del 75 % de la población rural entre los 17 y 24 años no estudia y la gran mayoría de ellos no tiene hoy una opción laboral). En ambos casos la privación de servicios básicos llega a tal nivel que las estadísticas de exclusión productiva o social son francamente preocupantes. Ambas poblaciones hacen parte de esa Colombia rural que termina escondida en una estadística bajo el título “Resto”. Lo sorprendente es que esta población rural representa el 60 % de los municipios del país y el 30 % de la población colombiana.
Para enfrentar lo anterior, es de celebrar el esfuerzo del DNP (Departamento Nacional de Planeación) por implementar la Misión para la Transformación del Campo, en cabeza de uno de nuestros mejores economistas, José Antonio Ocampo. La misión entrega una hoja de ruta al país que empieza recomendando hacer del campo un asunto estratégico del futuro del país. Un tema sin el cual es imposible hablar de posconflicto, y un área de trabajo de país que requiere estar en la agenda prioritaria para la intervención del Gobierno Nacional y los gobiernos locales.
Leyendo el informe de la misión descubro una propuesta, al fin, moderna, innovadora, competitiva y consistente para el desarrollo de la ruralidad. Destaco, por ejemplo, el interés de que superemos la vieja lógica “asistencialista” al campo, de construcción de inequidad y de poco interés por la formalización de las zonas rurales. Pero destaco también la invitación a que pensemos menos en “subsidios y apoyos directos” y más en provisión de bienes públicos. A que la obsesión a continuación en lo rural sea proveer ciencia, tecnología, innovación, educación, salud, asistencia técnica, infraestructura, justicia, seguridad, vivienda, entre otros asuntos. Nos hubiésemos ahorrado billones, y los hubiésemos invertido mejor, si en lugar de repartir subsidios por doquier, hubiésemos construido bienes y servicios públicos de largo aliento.
Pero destaco, sobre todo, el enfoque participativo y territorial que propone la misión para trabajar en el campo. En esas categorías de entender lo urbano como aquello donde hay infraestructura y lo rural como aquello donde hay granjas y parcelas, nos acostumbramos a que el país era binario, blanco y negro, sin reconocer tonos de grises. Y peor aún, perpetuamos la brecha entre lo rural y lo urbano y enviamos un mensaje perverso a la juventud en el campo, que en cientos de miles lo abandonó, porque justamente no tenía futuro.
Con la misión llega la hora de ver el campo como un escenario ideal de inclusión social y productiva. De superar el falso dilema entre pequeños, medianos y grandes productores (caben todos en el futuro de país). De entender que la distribución de la tierra responde no sólo a un objetivo social sino productivo. De reconstruir minifundios en unidades productivas. De repensar y delimitar la figura de la Unidad Agrícola Familiar, de no intentar hacer retroactiva las prohibiciones de la Ley 160 de 1994 (art. 72), que terminaron ahogando el interés de llegada de inversión al sector agroindustrial.
Con la misión llegó la hora de saldar la deuda histórica del país y hacer de esa deuda la mejor inversión de largo plazo de Colombia para su futuro crecimiento, para la generación de empleo, para la reducción de la inequidad y para lograr una paz sostenible.
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