El sistema financiero colombiano le volteó hipócritamente la espalda al campo, según se desprende de lo denunciado por el ministro de Agricultura respecto a los créditos otorgados para palear la anterior ola invernal y que sólo el Banco Agrario desembolsó.
La tan cacareada responsabilidad social sólo se aplica para hacer donaciones que reduzcan la base gravable y permitan ‘racionalizar’ impuestos, y no para mejorar la insostenible situación de inequidad que sufre nuestro país.
Ahora bien, la estructura del crédito agrario existente es aún poco atractiva para el campesinado raso, que, además de pagar tasas reales de interés muy superiores a la rentabilidad del negocio agropecuario, sólo puede acceder a este supuesto beneficio mediante hipoteca de sus propiedades, poniendo en riesgo lo único que tiene, pues el agua le ha quitado ganado y cosechas que ya no podrá vender para solventar créditos anteriores. Y beneficios puntuales y selectivos, como Agro Ingreso Seguro, ya sabemos a quiénes van dirigidos.
Es trillado y cierto decir que nuestro problema de violencia tiene raíces profundas en el campo, pero nuestros banqueros desde sus oficinas urbanas parecieran preferir ignorar dicha realidad, pues ya el Gobierno actual los premió ampliando la tasa de usura de un nivel del 33,9% a finales del año 2010 a una tasa actual de usura del 50,18%. Con el anterior regalo se han dedicado han seguir ‘haciendo caridad’ mediante el microcrédito, del que además cínicamente se quejan dizque por ser muy dispendioso operativamente, pero del que están viviendo tranquilamente con captaciones que no superan el 7%, logrando un margen de intermediación superior al 40% y que no dudo compensará el gran esfuerzo que están haciendo por la Patria.
No deja de ser simpático que existan banqueros que utilicen en su publicidad un verbo tan feo como ‘banquear’, supongo que en un sentido incluyente, pero simultáneamente manden a la banca y no les permitan jugar a los campesinos, con créditos acordes a su riesgosa actividad y donde el riesgo de cartera es del Gobierno, ni siquiera de ellos. Eso de sacar pecho con donaciones, que a la larga se compensan con beneficios tributarios, o con abstractos discursos de equidad no contribuye a la paz ni genera prosperidad para todos, que, de lograrse, beneficiaría más que nadie a los bancos.