Las ligeras afirmaciones de algunos funcionarios públicos en contra de los especuladores no se compadecen con la casi admiración que se les tiene a nivel internacional.
Los mercados necesitan oferentes y demandantes permanentes que estén dispuestos a arriesgar su propio patrimonio o el de sus clientes con información que les aumente la probabilidad de ganancia frente a la siempre latente posibilidad de pérdida.
Los especuladores son fundamentales para la eficiente formación de precios en cualquier mercado. Y es que todos somos especuladores, incluso el exportador que no se cubre ante la volatilidad cambiaria y cree que por no participar en el mercado no está especulando, pero el solo hecho de no hacer la venta de sus dólares a futuro ya está asumiendo que este va a subir, si no perderá.
Me siento orgulloso de especular, espero que mi hijo se prepare para especular de la manera más profesional posible, al igual que mis alumnos, y espero que los funcionarios públicos no les echen la culpa a los especuladores de sus errores de política económica o de estrategia. No es delito especular. No es moralmente reprochable, pues cualquier ciudadano lo hace como ejercicio mental en cualquier toma de decisiones. Los mercados más sanos son donde concurren el mayor número de especuladores y, por más profesionales que sean, ninguno tiene tanta información como para ganarle al mercado, pues nadie es más grande y poderoso que el mercado en su conjunto.
Ahora bien, especular con información privilegiada o generando pánico económico sí constituye delito. Ese tipo de conductas se da hasta en los mercados más desarrollados, donde se sanciona incluso con cárcel. En Colombia son pocos los casos sancionados, como aquel en el que unos corredores de Bolsa compraban a un funcionario del DANE el dato del IPC antes de que saliera, para aprovechar sus efectos sobre el mercado de deuda pública.
En momentos de tanta incertidumbre como el actual, en que nadie sabe cómo mejorar la solvencia de la banca europea y norteamericana, sin frenar flujo al crédito ante la imposibilidad de los banqueros de capitalizar con recursos propios, los especuladores harán sus apuestas entre el optimismo y el pesimismo, y sólo en un año se sabrá quién tiene la razón.