Se acaban las herramientas de la Reserva Federal para recuperar la economía de EE.UU.
El anuncio de mantener en casi cero las tasas de interés de referencia del principal Banco Central del mundo los deja en un escenario similar al de Japón, donde la artillería monetaria se gastó toda y, sin embargo, no crecen y su mercado accionario sigue deprimido en niveles de hace 15 años.
El chantaje de los republicano salió costoso, pues la desprestigiada firma calificadora de riesgo S&P, la misma que se equivocó dando calificaciones de grado de inversión a las quebradas Lehman Brothers y Merryl Lynch y a sus fondos hipotecarios de basura, les siguió el juego y con la baja de calificación de los Bonos del Tesoro nos recordaron algo que todos sabemos: la economía de EE.UU. tiene problemas.
En Europa las cosas empeoran y nadie quiere perder. La solución necesariamente va encaminada a una dosis de austeridad sin precedentes, pero que de aplicarse sumiría al mundo en una repetición de la terrible depresión vista ya casi hace tres años, donde el petróleo cayó desde US$140 a US$35 y todas las materias primas se vieron castigadas.
La austeridad se puede aplicar por dos vías, no excluyentes, pero con efectos diferentes. La primera es la de recortar el gasto, público y privado, pero ello implicará menor actividad económica y por ende desempleo y recesión. La otra es aumentar los impuestos o disminuir las exenciones tributarias que limiten el ingreso disponible de empresas y personas, pero redistribuyendo en parte la riqueza para efectos que el gasto del consumidor raso no quede tan recortado. Los republicanos siguen apoyando exclusivamente la primera, argumentando que el efectivo que las grandes corporaciones tienen estancado sin invertir se iría a otros países si los impuestos se suben. Esta última premisa es chantaje.
Si los que más tienen no ayudan con un mayor esfuerzo tributario para saldar los terribles desequilibrios fiscales en EE.UU. y Europa, nadie lo hará y perderemos todos. Más emisión y holgura monetaria como se avizora sólo resucita la inflación, que es el peor impuesto a los pobres. ¿Quién pagará?