LAS ESTADÍSTICAS SOBRE AUMENTO de la inseguridad en Bogotá y en otras ciudades señalan como factor principal el aumento de las pandillas juveniles y en general la criminalidad de menores.
Causa alarma la repetición de los casos de jovencitos con armas de fuego que provocan tragedias en sus colegios y en sus propias familias.
Para enfrentar ese peligro social no basta el aumento de la policía urbana o medidas ocasionales como el toque de queda en las noches o la prohibición de vender licor. Frente a cada restricción se encuentra la forma de violarla. Lo urgente es ver la responsabilidad que corresponde a los padres de familia y a los maestros por la falta de control y la escasa enseñanza de las buenas costumbres que tienen los hijos de familia y los estudiantes.
Estas razones justifican la campaña que está abriéndose campo para restablecer la enseñanza de la urbanidad y de las normas de vida en comunidad. Al lado está la enseñanza de la historia, también abandonada en cuanto tiene que ver con las normas que siempre deben regir para una vida de sociedad más segura y basada en la buena educación.
Será indispensable insistir en el cumplimiento de toda acción encaminada a la seguridad en las calles, como el respeto a las cebras, obligar al uso de los puentes peatonales o los cinturones de seguridad en los automóviles. La falta de vigilantes y de preocupación del mismo público para que se apliquen las multas a los infractores, causan el aumento en los accidentes de tránsito. Lo mismo pasa con la mezcla de licor y gasolina, que ha llevado a la elevación de accidentes en las noches y madrugadas.
No hay falta de leyes, sino desorganización al aplicarlas. Cualquier ofensiva para reducir la criminalidad juvenil debe comenzar por enlazar lo que corresponde a las autoridades con el restablecimiento de los controles familiares y educativos que han ido desapareciendo.
Coletilla. Volver a la urbanidad de Carreño, adaptada al siglo XXI.