Buen plato para historiadores con paciencia es la guerra de Colombia y Perú hace 70 y pico de años. Encontrarán similitud entre dos dictadores militares, que al perder piso por problemas internos apelan a conservar su poder con pataletas insólitas.
Fui testigo del comienzo de la era de paz en las fronteras que ha elevado el nivel democrático y progresista de estas naciones hermanas, debido a que en esos años treintas se agregó a mi aprendizaje periodístico el de secretario y mecanógrafo de don Luis Cano, una de las eminencias que firmó la Paz de Río.
Todo terminó cuando, poco después de la paz del trapecio amazónico, el general Luis María Sánchez Cerro fue derribado por sus propios compañeros de milicia, mientras Olaya Herrera vio premiada su valentía y su prudencia con el final tranquilo de su período presidencial.
La paz en aquel entonces se logró gracias a la unidad política colombiana, que parecía difícil, después del traspaso de una larga hegemonía conservadora a la famosa República Liberal. En una expresión que tuvo parecido con la marcha blanca del 4 de febrero, los colombianos salieron emocionados a las calles y el detalle más notorio fue el de mujeres que entregaron sus joyas para que Olaya comprara fusiles. Un país amigo, el Brasil, se prestó como facilitador para buscar la paz, lo que se logró gracias a dos civiles: el poeta conservador Guillermo Valencia y el más importante editorialista liberal de ese momento, don Luis Cano.
Hubo un puñado de héroes que pasó a la historia al pelear en las selvas del sur de Colombia para salvar la dignidad de la nación ofendida. Y todos recordamos a otro colega periodista, además poeta y liberal, Juan Lozano, que se fue a salvar la patria con su escopeta al hombro.
***
COLETILLA.- Ahí está, para que los historiadores pacientes escudriñen y comparen, dos épocas de pueblos que no tienen derecho a dejarse perturbar por ocasionales pataletas.