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Después de la austeridad

12 de mayo de 2012 - 08:00 p. m.

La reunión anual del Fondo Monetario Internacional dejó claro este año que Europa y la comunidad internacional continúan sin timón en términos de política económica.

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Los líderes financieros, desde los ministros de Economía y Finanzas hasta los líderes de instituciones financieras privadas, repitieron el mantra actual: los países en crisis deben poner en orden sus asuntos, reducir sus déficits y deudas públicas, adoptar reformas estructurales y promover el crecimiento. La confianza, reiteraron numerosas veces, debe ser restaurada.

Ese tipo de pontificación suena un tanto afectada cuando proviene de quienes, al mando de bancos centrales, ministerios de Hacienda y Finanzas y bancos privados llevaron al sistema financiero mundial al borde de la ruina y fueron artífices del desastre actual. Lo que resulta aún peor, poco se explica sobre cómo lograr la cuadratura del círculo. ¿Cómo puede recuperarse la confianza mientras las economías en crisis caen en recesión? ¿Cómo puede revivirse el crecimiento cuando la austeridad probablemente signifique una mayor disminución de la demanda agregada, lo que reducirá aún más la producción y el empleo?

A estas alturas algo tendría que resultar claro: los mercados no son estables por sí mismos. No sólo generan reiteradamente desestabilizadoras burbujas de activos; además, cuando la demanda se debilita, entran en juego fuerzas que exacerban la caída. El desempleo, y el miedo a su propagación, empujan los salarios, los ingresos y el consumo a la baja, y con ello a la demanda total. Las menores tasas de formación de hogares —los jóvenes estadounidenses, por ejemplo, vuelven cada vez más a vivir a casa de sus padres— deprimen los precios de la vivienda, conduciendo a más ejecuciones hipotecarias todavía. Los estados con esquemas de presupuesto equilibrado se ven forzados a reducir el gasto a medida que caen los ingresos fiscales: un desestabilizador automático que Europa parece decidida a adoptar ciegamente.

Existen estrategias alternativas. Algunos países, como Alemania, tienen margen para maniobras fiscales. Aprovecharlo para invertir mejoraría el crecimiento de largo plazo, creando derrames positivos en el resto de Europa. Un principio reconocido desde hace mucho tiempo es que el aumento equilibrado de los impuestos y el gasto estimula la economía; si el programa está bien diseñado (impuestos a los niveles más altos combinados con gasto en educación) el aumento en el PIB y el empleo puede ser significativo.

Europa en su conjunto no se encuentra en mala situación fiscal; la relación entre su deuda y PIB se compara favorablemente con la de Estados Unidos. Si cada estado en EE.UU. fuese completamente responsable por su propio presupuesto, incluido el pago de todos los beneficios por desempleo, también EE.UU. caería en una crisis fiscal. La lección es obvia: el todo es más que la suma de sus partes. Si Europa —en especial el Banco Central Europeo— pidiese prestado y otorgase créditos con lo obtenido, los costos de la deuda europea caerían, generando espacio para los tipos de gasto que promoverían el crecimiento y el empleo.

Ya existen instituciones en Europa, como el Banco Europeo de Inversiones, que podrían ayudar a financiar las inversiones necesarias en las economías sedientas de liquidez. El BEI debería ampliar sus créditos. Es necesaria una mayor disponibilidad de fondos para apoyar a las pequeñas y medianas empresas —la principal fuente de empleo en todas las economías—, que son particularmente importantes, dado que la contracción bancaria las golpea especialmente fuerte.

El obstinado foco que centra Europa en la austeridad es resultado de un mal diagnóstico de sus problemas. Grecia gastó de más, pero España e Irlanda tenían superávits fiscales y bajos índices de deuda respecto de sus PIB. Dar conferencias sobre prudencia fiscal no tiene sentido. Tomar las conferencias en serio —incluso adoptar esquemas presupuestarios restrictivos— puede ser contraproducente. Sin importar si los problemas europeos son coyunturales o estructurales —la Eurozona, por ejemplo, dista de ser una zona monetaria ‘óptima’, y la competencia fiscal en una zona de libre comercio y migración puede erosionar una situación viable—, la austeridad sólo empeorará las cosas.

Las consecuencias de la fiebre europea por la austeridad serán de largo plazo y probablemente graves. Si el euro sobrevive, lo hará al precio de alto desempleo y enorme sufrimiento, particularmente en los países en crisis. Y la propia crisis casi seguramente se extenderá. Las medidas antiincendios no funcionarán si simultáneamente se tira combustible sobre las llamas, una tarea con la que Europa parece comprometida. No hay ejemplos de grandes economías —y Europa es la mayor en el mundo— que se hayan recuperado con austeridad.

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Como resultado, el activo más valioso de la sociedad, su capital humano, está siendo desperdiciado, e incluso destruido. Los jóvenes a quienes se priva de un empleo digno —el desempleo juvenil en algunos países se acerca o sobrepasa el 50% y es inaceptablemente elevado desde 2008— se alienan. Cuando eventualmente encuentren empleo, lo harán con salarios mucho menores. Normalmente la juventud es un período de construcción de habilidades, pero se ha convertido en una época durante la cual se atrofian.

Hay tantas economías vulnerables a desastres naturales —terremotos, inundaciones, tifones, huracanes, tsunamis— que agregar desastres de manufactura humana resulta aún más trágico. Pero Europa lo está haciendo. De hecho, la ignorancia voluntaria de las lecciones del pasado por parte de sus líderes es criminal.

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El dolor que sufre Europa, especialmente el de sus pobres y jóvenes, es innecesario. Afortunadamente existe una alternativa. Pero las demoras para aprovecharla serán muy costosas, y Europa se está quedando sin tiempo.

 

* Catedrático en la Universidad de Columbia, premio Nobel de Economía 2001. Project Syndicate 1995 – 2012.

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