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Ébola y desigualdad

15 de noviembre de 2014 - 09:00 p. m.

La crisis del virus del Ébola nos recuerda, una vez más, el lado negativo de la globalización.

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No sólo las cosas buenas —por ejemplo los principios de justicia social e igualdad de género— cruzan las fronteras con más facilidad que nunca antes; también lo hacen las influencias malignas, como los problemas ambientales y las enfermedades.

Esta crisis también nos recuerda la importancia que tienen el Gobierno y la sociedad civil. No nos dirigimos al sector privado para controlar la propagación de una enfermedad como el ébola. En cambio, sí nos dirigimos a las instituciones —por ejemplo hacia los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) en Estados Unidos, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y Médicos sin Fronteras, el notable grupo de médicos y enfermeras que arriesgan sus vidas para salvar las de otros en los países pobres de todo el mundo.

Incluso los fanáticos derechistas que quieren desmantelar las instituciones gubernamentales recurren a ellas cuando se enfrentan a una crisis como la causada por el ébola. Puede que los gobiernos no hagan un trabajo perfecto en el abordaje de este tipo de crisis, pero una de las razones por las que no funcionaron como esperaríamos es que no hemos proporcionado los fondos suficientes a los organismos competentes a nivel nacional y mundial.

El episodio del ébola entraña aún más lecciones. Una de las razones por las que la enfermedad se extendió tan rápidamente en Liberia y Sierra Leona es que ambos son países asolados por la guerra, donde una gran proporción de la población está desnutrida y el sistema de atención de la salud se ha visto devastado.

Por otra parte, en lo que se refiere al desarrollo de vacunas, el ámbito en el cual el sector privado sí desempeña un papel esencial, dicho sector tiene pocos incentivos para dedicar recursos a las enfermedades que afligen a los pobres del mundo o a los países pobres. Sólo cuando los países avanzados se ven amenazados existe un impulso suficiente para invertir en vacunas para hacer frente a enfermedades como el ébola.

Lo anterior no se expresa principalmente como una crítica al sector privado; al fin de cuentas, las empresas farmacéuticas no se dedican a la actividad empresarial empujadas por la bondad dentro de sus corazones, y no hay dinero que ganar en la prevención y curación de las enfermedades de los pobres. En cambio, lo que la crisis del ébola cuestiona es nuestra dependencia del sector privado para que haga las cosas que los gobiernos llevan a cabo mejor. De hecho, parece ser que con más financiación pública, una vacuna contra el ébola podría haberse desarrollado hace años.

Los fracasos de Estados Unidos en este sentido han llamado especialmente la atención —tanto es así que algunos países africanos están tratando a los visitantes de EE.UU. con precauciones especiales. Pero eso sólo es el eco de un problema más fundamental: el sistema de salud de Estados Unidos, que en su gran mayoría es privado, está fracasando.

Es cierto que, en el extremo superior, EE.UU. es el hogar de algunos de los hospitales, universidades de investigación y centros médicos avanzados líderes a nivel mundial. Pero, a pesar de que gasta más per cápita y como porcentaje de su PIB en asistencia médica en comparación con cualquier otro país, sus resultados de salud son realmente decepcionantes.

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Al nacer, la esperanza de vida masculina en EE.UU. es la peor entre los 17 países que tienen los ingresos más altos —casi cuatro años más corta que la de Suiza, Australia y Japón. Y dentro de dicho grupo EE.UU. ocupa el segundo peor puesto en cuanto a expectativa de vida para las mujeres, más de cinco años por debajo de la esperanza de vida en Japón.

Otros indicadores de salud son igualmente decepcionantes, ya que se tienen datos que indican que los resultados de salud de los estadounidenses son más deficientes a lo largo de sus vidas. Y, por lo menos durante tres décadas, las cosas han ido empeorando.

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Muchos factores contribuyen al rezago de la salud en Estados Unidos, y son factores que brindan también lecciones relevantes para otros países. Para empezar, el acceso a la atención médica sí es importante. Al ser EE.UU. uno de los pocos países avanzados que no reconocen que el acceso a la atención médica es un derecho humano básico, y como es un país que, en comparación con otros, depende más del sector privado, el que muchos estadounidenses no obtengan los medicamentos que necesitan no causa sorpresa. A pesar de que la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible (Obamacare) ha mejorado las cosas, la cobertura del seguro de salud sigue siendo débil, y casi la mitad de los 50 estados de Estados Unidos se niegan a ampliar Medicaid, el programa de financiación de la atención de salud para los pobres de EE.UU.

Además, EE.UU. tiene una de las tasas más altas de pobreza infantil entre los países avanzados (especialmente antes de que las políticas de austeridad aumenten dramáticamente la pobreza en varios países europeos), y la falta de nutrición y atención de salud durante la infancia conlleva efectos de por vida. Paralelamente, las leyes sobre armas de fuego contribuyen a que EE.UU. tenga la mayor incidencia de muertes violentas entre los países avanzados, y la dependencia en el transporte vía automóviles de este país sustenta una alta tasa de muertes en las carreteras.

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Asimismo, la descomunal desigualdad en EE.UU. es un factor crítico que contribuye a su rezago en el ámbito de la salud, especialmente en combinación con los factores mencionados anteriormente. Al haber más pobreza en general, más pobreza infantil en particular, más personas que no tienen acceso a servicios de salud, vivienda digna y educación, y más personas en situación de inseguridad alimentaria (quienes a menudo consumen alimentos baratos que favorecen la obesidad), no es de extrañar que los resultados de salud de Estados Unidos sean malos.

Sin embargo, para las personas que tienen mayores ingresos y una mayor cobertura, de seguro los resultados de salud son también peores en EE.UU. en comparación con los obtenidos en otros lugares. Tal vez esto también se relacione con el hecho de que en EE.UU. existe una mayor desigualdad en comparación con otros países avanzados. La salud, sabemos, está relacionada con el estrés. Aquellos que luchan por subir la escalera del éxito saben las consecuencias del fracaso. En EE.UU., los peldaños de la escalera están más separados en comparación con otros lugares, y la distancia desde la parte superior a la parte inferior es mayor. Eso significa más ansiedad, lo que a su vez se traduce en una salud más deficiente.

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La buena salud es una bendición. Pero la forma como los países estructuran sus sistemas de atención de salud —y sus sociedades— marca una gran diferencia en términos de resultados. EE.UU. y el mundo pagan un alto precio por su excesiva dependencia de las fuerzas del mercado y por brindar atención insuficiente a valores más amplios, como por ejemplo a la igualdad y la justicia social.

 

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