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El ataque de Europa a la democracia griega

11 de julio de 2015 - 09:00 p. m.

Para los que miran desde afuera, las trifulcas y resentimientos in crescendo dentro de Europa podrían aparentar ser el resultado inevitable de la amarga etapa final que se despliega entre Grecia y sus acreedores.

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La verdad es que los líderes europeos finalmente están comenzando a revelar la verdadera naturaleza de la disputa en curso sobre la deuda, y la respuesta no es agradable: esta disputa es mucho más sobre poder y democracia, que sobre la economía y el dinero.

Por supuesto, los constructos económicos detrás del programa que la “troika” (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional) impuso a Grecia hace cinco años han sido pésimos, ya que llevaron a una disminución del 25% en el PIB del país. En toda la historia, no puedo encontrar ninguna otra depresión que hubiese sido tan intencional y que hubiese tenido consecuencias tan catastróficas: la tasa de desempleo de los jóvenes de Grecia, por ejemplo, ahora supera el 60%.

Causa gran asombro que la troika se niegue a aceptar responsabilidad al menos por algo de lo ocurrido o que no quiera admitir cuán malos fueron sus pronósticos y modelos. Sin embargo, lo que es aún más sorprendente es que los líderes de Europa ni siquiera han aprendido de lo ocurrido. La troika continúa exigiendo que Grecia logre un superávit presupuestario primario (excluyendo pagos de intereses) del 3,5% del PIB hasta el año 2018.

Los economistas de todo el mundo sentenciaron esta meta al fracaso, catalogándola como punitiva, ya que tratar de alcanzarla se traduciría inevitablemente en una recesión más profunda. De hecho, incluso si se reestructura la deuda de Grecia más allá de lo imaginable, el país se mantendrá en una depresión si aceptaran alcanzar la meta de la troika.

En lo que se refiere a la transformación de un gran déficit primario en un superávit, pocos países han logrado algo parecido a lo que los griegos lograron en los últimos cinco años. Y, aunque el costo, en términos de sufrimiento humano, ha sido extremadamente alto, las recientes propuestas del Gobierno griego condujeron de manera excelente hacia cumplir las demandas de sus acreedores.

Debemos ser bien claros: en los hechos, casi nada de la enorme cantidad de dinero prestada a Grecia ha llegado a este país. Dicho dinero se ha destinado a pagar a los acreedores del sector privado –incluyéndose entre ellos a bancos alemanes y franceses—. Grecia recibió apenas una suma paupérrima; no obstante, ha pagado un precio muy alto por preservar los sistemas bancarios de los países mencionados. El FMI y los otros acreedores “oficiales” no necesitan el dinero que están exigiendo. Dentro de un escenario con condiciones normales, con muchísima probabilidad el dinero recibido simplemente sería prestado de nuevo a Grecia.

Sin embargo, nuevamente se debe decir que no se trata de dinero. Mas bien, se trata de utilizar “plazos límites” para obligar a Grecia a doblegarse y aceptar lo inaceptable —no sólo las medidas de austeridad, sino que también otras políticas regresivas y punitivas—.

Pero ¿por qué Europa hace esto? ¿Por qué los líderes de la Unión Europea se resistían a que se celebrara el referéndum y se negaron, incluso, a extender por un par de días la fecha límite del 30 de junio para que Grecia realizara su próximo pago al FMI? ¿A caso en Europa no todo gira alrededor de la democracia?

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En enero, los ciudadanos de Grecia votaron por un gobierno comprometido a poner fin a la austeridad. Si el Gobierno estuviera simplemente cumpliendo con sus promesas realizadas durante la campaña electoral, hubiera rechazado la propuesta. Pero este Gobierno quiso dar a los griegos la oportunidad de opinar sobre este tema tan importante para el futuro bienestar de su país.

Esa preocupación por la legitimidad popular es incompatible con la política de la eurozona, que nunca fue un proyecto que pudiese denominarse como muy democrático. La mayoría de los gobiernos de sus miembros no buscó la aprobación de su población para entregar su soberanía monetaria al BCE. Cuando Suecia sí consulto, los suecos dijeron que no. Ellos entendieron que el desempleo aumentaría si la política monetaria del país iba a ser establecida por un banco central que se concentraba exclusivamente en la inflación (y también pensaron que no se iba a prestar la suficiente atención a la estabilidad financiera). La economía sufriría, porque el modelo económico que subyace en la eurozona se promulgó sobre la base de relaciones de poder que desfavorecían a los trabajadores.

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Y, por supuesto, lo que estamos viendo ahora, 16 años después de que la eurozona institucionalizó esas relaciones, es la antítesis de la democracia: Muchos líderes europeos quieren ver el fin del gobierno de izquierda del primer ministro Alexis Tsipras. Después de todo, es extremadamente incómodo tener en Grecia un gobierno que se opone férreamente a los tipos de políticas que han hecho tanto por aumentar la desigualdad en muchos países avanzados, y que está tan comprometido con respecto a frenar el poder desenfrenado de la riqueza. Ellos parecen creer que con el tiempo pueden hacer caer al Gobierno griego intimidándolo para que acepte un acuerdo que contravenga su mandato.

El voto por el no en el referendo, por lo menos, abre la posibilidad de que Grecia, con su fuerte tradición democrática, pueda llegar a agarrar su destino en sus propias manos. Los griegos pueden ganar la oportunidad de dar forma a su futuro que, aunque tal vez no sea tan próspero como lo fue el pasado, es mucho más esperanzador que la tortura desmesurada del presente.

 

 

* Premio Nobel de Economía, 2001 Project Syndicate 1995-2015

 

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