Después no se quejen.
Porque en cada tema de importancia social, político o cultural, un grupo de representantes en Estados Unidos han defendido las tesis más contrarias a la ciencia, a la justicia, a la sensatez y al bien común, y, no obstante, ese mismo grupo acaba de triunfar en las recientes elecciones legislativas. El resultado es un retroceso en varios asuntos de transcendencia mundial, y es tan obsoleta y equivocada la posición de estos líderes que, por primera vez en años, éstos se prestan para una división casi infantil: entre buenos y malos.
Es imposible no caer en esta dicotomía intelectual. Porque mientras un sector hace esfuerzos por resolver los graves problemas del planeta, otro se empeña, con tenacidad y virulencia, en agravarlos.
Por ejemplo, mientras unos sugieren normas elementales en la venta de armas de fuego, para evitar, digamos, que un lunático compre un arsenal de guerra en la tienda de la esquina, otros defienden el supuesto derecho de poseer armas de cualquier calibre, y sin que importen las 20 masacres que ocurren en ese país cada año.
Mientras unos defienden la inversión social y más en una economía en crisis, otros, desde sus cómodos sillones de cuero, defienden la austeridad y el recorte de programas de asistencia social, al punto que los republicanos han bloqueado 500 propuestas de ley para aumentar el empleo y reparar la infraestructura nacional.
Mientras unos defienden códigos mínimos de regulación bancaria, para que los alegres muchachos de Wall Street no desaten otra crisis de escala mundial, otros fustigan esas medidas como enemigas de la riqueza y del mercado libre.
Mientras unos buscan soluciones para frenar el calentamiento global, otros niegan que éste existe.
Mientras unos piensan en leyes de inmigración justas y humanitarias, otros proponen tesis absurdas, como que los inmigrantes regresen a sus países por sus propia voluntad y por sus propios medios.
Mientras unos desean acabar con la pena de muerte, que Truman Capote definió como la barbarie institucionalizada, otros buscan aumentar el número de estados que la permitan.
Mientras unos defienden el matrimonio gay y la igualdad humana, otros se oponen como si viviéramos en el Medioevo.
Mientras unos promueven una política exterior sensata y prudente, y más después de que George W. Bush declarara dos guerras fatales e innecesarias, otros defienden esa política exterior de vaquero con una visión del mundo burda y caricaturesca.
Mientras unos condenan el uso de la tortura, otros la justifican.
Mientras unos proponen un código tributario justo, al menos para que una secretaria no pague más impuestos que su jefe magnate, como señaló Warren Buffett, otros rechazan más impuestos con dentelladas.
Y mientras los analistas Paul Krugman y Thomas Piketty demuestran la existencia de una aberrante desigualdad social, otros se dedican a negarla.
El resultado es que un bando no sólo tiene que luchar por arreglar los problemas, sino que lo tiene que hacer solo. Y peor todavía: lo tiene que hacer en contra de la feroz oposición del otro bando.
Es una tristeza. Y es más triste ver que los buenos son cada vez menos, y los malos son cada vez más, con los votos para promover una agenda legislativa contraria a la justicia y a la decencia. Repito: después no se quejen.